Pueblo de mártires...

“El sustantivo “mártir” aparece 34 veces en el Nuevo Testamento, y al menos 22 veces en la historia contemporánea de El Salvador”... En la teología cristiana el “mártir” es aquel testigo en la fe que ha sido perseguido y asesinado por una causa religiosa o humanitaria cristiana –in odium fidei, in odium Iustitiae–; en El Salvador, desde finales de los setenta hasta los Acuerdos de Paz de 1992 la lista de mártires es muy extensa, y ahora que el papa Francisco I declaró mártir a Mons. Óscar Arnulfo Romero, es posible que se despliegue una larga nómina de cristianos comprometidos que fueron asesinados por sus convicciones y trabajo pastoral:
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1977: P. Rutilio Grande y compañeros; Pbro. Alfonso Navarro Oviedo; 1978: Pbro. Ernesto Barrera; 1979: Pbro. Octavio Ortiz Luna y compañeros; Pbro. Alirio Napoleón Macías; Pbro. Rafael Palacios; 1980: Fray Cosme Spezzoto; Diácono José Othmaro Cáceres; Pbro. Manuel Antonio Reyes Mónico; Pbro. Marcial Serrano; Hna. Jean Marie Donovan; Hna. Ita Ford; Hna. Maura Clarke; Hna. Dorothy Cazel; 1981: Hna. Silvia Maribel Arriola; 1989: P. Ignacio Ellacuría; P. Ignacio Martín Baró; P. Segundo Montes; P. Juan Ramón Moreno; P. Amando López; P. Joaquín López y López. A esta dramática lista habría que agregar centenares de laicos y colaboradores de Comunidades Eclesiales de Base y activistas de Derechos Humanos.

Obviamente, podríamos anotar que hubo otra gente que dio su vida –por comisión u omisión– por causas democráticas, por principios políticos y por ideologías; sin embargo, nuestra reflexión se sitúa en el plano cristiano.

El martirio en sí no es una opción deliberada, sino una consecuencia a partir de cierta conducta, principios, valores; el mártir es aquel que no se conforma con hacer el bien, sino que además lucha contra el mal (J. Sobrino S. J.). El mártir no solo se “hace cargo”, sino que “carga” y “se encarga” de la realidad de su tiempo; no es solo “actor” o “agente”, es “autor” protagónico de la historia (I. Ellacuría S. J.).

La lista de mártires es larga por la dimensión de la persecución y el fanatismo que se desató desde mediados de los setenta hasta inicio de los noventa, incluyendo la frase “Haga patria, mate un cura”; en no pocos casos tener una Biblia Latinoamericana, un ejemplar de Medellín o Puebla, ser catequista o portar un crucifijo de madera ya era suficiente evidencia para desaparecerlo, y obviamente, concientizar a la feligresía sobre lo que significaba una vida digna y justa no encajaba en los patrones oligárquicos de explotación, en donde las personas eran consideradas “cosas”.

Se avecina pues un “momentum” particular para la Iglesia y la sociedad salvadoreña, en donde se le dará la razón a la víctima, o en donde el dolor y la muerte del pasado iluminará el futuro; en donde esas torturas, desapariciones y asesinatos ya no serán vistas como fracaso sino como hechos soteriológicos; en donde, por fin, los pobres, excluidos y víctimas serán la nueva vara de medida de la santidad; en efecto, aquella Iglesia perseguida era la “Creatura Creyente” tal como la pensó Jesús (J. Sobrino), y la Iglesia cómoda de liturgias precisas y cómplice de los gobiernos, es otra cosa que nada tiene que ver con la fe y el coraje de los mártires...

Finalmente, el martirio y la vida de santidad de Mons. Romero manifiesta lo divino como mysterium tremendum et mysterium fascinosum, fascinante y terrorífico, como diría el célebre exegeta alemán Rudolf Otto (D. López, 2014), porque tenemos la dicha de un santo y un crimen impune; al final, con Monseñor Dios pasó por El Salvador... (I. Ellacuría S. J.).

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