Pueblo vencido jamás será unido

La publicidad del gobierno central que nos exhorta a unirnos tiene toda la razón: sin unión no hay libertad... mucho menos prosperidad.
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Los problemas que nos agobian: la delincuencia, el pobre desempeño de la economía, entre otros, pueden ser resueltos solo por la sociedad en general. No hay entidad ni individuo que tenga la fuerza, la contundencia, para por sí solo poder resolver los complejos problemas de nuestra sociedad; como tampoco existen mágicas fórmulas para que de la noche a la mañana amanezcamos libres de todo mal.

Las soluciones sostenibles, que perduren y florecen, son y serán el producto del esfuerzo del colectivo, en unísono, liderado por la clase política y el empresariado. ¡No hay de otra! Mientras exista ese abismo entre funcionarios y empresarios, esta carreta no se está moviendo para ningún lado; mientras nuestros líderes pongan sus intereses partidarios e ideológicos por encima de los de nuestro querido El Salvador; mientras nuestros educadores insistan en formar tetuntes huecos rellenos de ideologías absurdas y desfasadas; mientras todo sea culpable –la guerra económica, los medios, los comunistas, la oligarquía, esos desestabilizadores, entre tantos demonios que nos acechan– menos nuestras acciones; mientras no tengamos la entereza de carácter para encarar nuestros problemas, de aceptar las causas y de no aceptar los efectos con ese perverso determinismo (el destino) o con ese igual de perverso “son otros... no yo” (el diablo me obligó); como dije: la carreta no se está moviendo para ningún lado, es más, probablemente agarremos para atrás, como punches en Semana Santa, antes de salir para adelante.

¿Las causales? Falta de liderazgo, los constantes reproches, la falta de resultados, la falta de innovación empresarial –ya no digamos la gubernamental–, el descalabro fiscal, la falta de empleo, la amenaza del delincuente; ya no digamos ese constante desfile de cuestionados funcionarios, de líderes espirituales cual ángeles caídos, de extraordinarios magnates de la vía rápida, entre otros condicionantes que llevan a la población a un estado de frustración tal que ya se siente que estamos tirando la toalla, nos estamos dando por vencidos, y ciertamente es razonable concluir que pueblo vencido jamás será unido.

¿Los síntomas? La creciente emigración en busca de esa tan deseada prosperidad, en busca de la seguridad familiar, familias que prefieren que sus niños se marchen bajo el cuidado de desconocidos a que estén junto a ellos; la violencia producida por ese espiral de víctima y venganza; la desbordada delincuencia generada por la sed de dinero fácil; lo que en conjunto erosiona nuestros valores, destruye nuestras familias, nuestra comunidades.

Hemos entrado en esa peligrosa fase que periódicamente enfrentan los pueblos a raíz de la falta de liderazgo, esa fase del vacío de decisiones, de poder generado por la confusión: las gremiales empresariales se creen partidos de oposición, los partidos de oposición medio ladran de vez en cuando, los funcionarios son mesías y profetas guías de nuestra jornada hacia la tierra prometida, los líderes espirituales son analistas políticos, y los peores en esta historia: la mayoría silenciosa, la que acepta todo, cual inevitable y dantesco destino.

El gran riesgo de este vacío, de la frustración de la ciudadanía, es el surgir de oportunistas, de aquellos que se aprovechan y prometen todo y cumplen nada, y al pasar de los años los únicos beneficiados son ellos y sus bandas, ¡qué difícil es sacarlos!

No podemos darnos por vencidos; se avecinan tiempos difíciles. Ya no solo pagaremos con vidas y recursos, sino con nuestra libertad, asegurémonos que nuestros “líderes” no sucumban a la tentación de la represión permanente de justos y pecadores. Dios, Unión, Libertad.

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