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Cristian Villalta

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El misterio continúa. ¿La idea de irse a rezar rodeado de soldados, con Guillermo Gallegos como monaguillo, fue del presidente? ¿Improvisó o se le ocurrió la noche del sábado mientras jugaba Fortnite? ¿Era el suyo sólo un buen chiste que sufrió de un mal remate o fue realmente un desequilibrio mesiánico?

Algunos de sus críticos lamentan que ese domingo, Bukele haya ignorado a sus asesores, tanto a los públicos como a los "secretos". Pero conociéndolos, oye, tampoco es que tenga a la mano a Sócrates y a Platón. La mayoría de los hombres que susurran al oído del mandatario son fauna de las coyunturas: agitadores de tres centavos, huérfanos políticos de Tony Saca y una decena de oportunistas que a cambio de tres tuits y darle like a las gracejadas que salen de Capres se embolsan sus reales.

Si el jefe del Ejecutivo tuviese buenos asesores, ya le habrían producido una versión sumaria de su programa de gobierno para que su discurso parezca el de un cerebro maduro y templado y ya no siga siendo una enumeración de ayes y milagros, parecido al de cuando era alcalde; si hubiese gente seria en su conciliábulo, ya le habrían explicado que cuando el poder se convierte un fin en sí mismo la política queda desnaturalizada y ya no hay legado posible, sólo excesos; ya le habrían dicho que los mismos de siempre son esos que siguen depredando este país sin agua, curiosamente la gente a la que el gobierno sigue moviéndole la cola.

Y esencialmente, le habrían explicado que luego de la bravuconada de aquel domingo en el que devolvió a la FAES a la triste condición del club de los chafarotes, ¡qué Acuerdos de Paz ni que ocho cuartos!, necesita comenzar a construir consensos y puentes, que ese es el único modo de devolver a la institucionalidad y a la democracia siquiera algunos pedazos de lo que les quitó. Aunque quiera sepultarla con matices, la verdad de ese trance es que él se instaló en un lugar muy solitario, amenazando el equilibrio que tanto costó construir.

Todos sabemos que esa tarde, Bukele le falló a la nación. Él también lo sabe, e intentó disimularlo con un ligero matiz en su retórica social, pero lo cierto es que reculó, se retrajo, redujo sus intervenciones y volvió al librito de la propaganda, desviando la conversación a otros temas en los que podía invisibilizarse. Y ahora, para mantenerle el bajo perfil, el Gobierno se está quemando un billetal para contarnos que "es el presidente mejor evaluado de todos los presidentes del mundo" mundial.

Un efecto colateral aún más grave es que pueda ir aislándose cada vez más, sólo accesible y por ende más vulnerable ante las ideas e inercia del círculo de aplaudidores y bufones que tiene contratado, y de unas cúpulas castrense y policial de cuestionable criterio. Si nadie alrededor del Ejecutivo entiende esta lógica de conflicto, si en su círculo cercano nadie se preocupa por empujar al mandatario al diálogo con los otros sectores, que no con los otros poderes (¿que Félix Ulloa no estaba para eso?), el peligro de un desvío democrático será mucho más real.

Quizá mencionar a su círculo sea un error, claro. Hay algunos ahí muy entusiasmados con ese asunto de las camionetas blindadas, los guardaespaldas, ser parte del emocionante "nosotros" que le romperá las cuatro letras a la vieja política, y eso de que el presidente le dé RT a un tuit tuyo debe ser como un abrazo de Elvis; pero así justo se sentían algunos diputados hasta esa tarde en la que descubrieron que lo malo de jugar con fuego es el fuego.

Sea como sea, el presidente necesita que alguien le tienda un puente. A la larga sabremos si le sirve para escapar de su lecho de parásitos, o si está en su propia naturaleza destruirlo.

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