Lo más visto

Más de Opinión

Que Dios pueda entrar en nuestros corazones

Enlace copiado
Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Rutilio Silvestri / [email protected]  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

"¿Estamos abiertos a los demás y somos capaces de misericordia? o ¿vivimos encerrados en nosotros mismos, esclavos de nuestro egoísmo?", se preguntó el papa Francisco en una de sus homilías.

Acudamos a la parábola del Evangelio del rico epulón y el pobre Lázaro: el hombre rico, descrito como uno que vestía de púrpura y lino finísimo y que todos los días se entregaba a lujosos banquetes.

Frente a él se encuentra un hombre pobre llamado Lázaro que estaba en su puerta, cubierto de llagas, deseando alimentarse con lo que caía de la mesa del rico; venían los perros y le lamían las llagas.

El rico epulón estaba todo encerrado en sí mismo. Y sin embargo, precisamente había un necesitado que estaba cerca de la puerta de su casa.

El rico, una persona que solo confiaba en sí mismo, en sus cosas y no confiaba en Dios, absolutamente lejos del dichoso hombre que confía en el Señor.

Este hombre tenía una familia. En el relato evangélico se lee que le pide al padre Abraham que envíe a alguien para advertirle a sus hermanos.

El Evangelio hablando de este hombre no dice cómo se llamaba, solo dice que era un hombre rico. Un detalle significativo, porque cuando nuestro nombre es solamente un adjetivo, es porque hemos perdido: hemos perdido la sustancia, hemos perdido fuerza.

De ahí que de algunos se digan: este es rico, este es poderoso, este puede hacerlo todo. A menudo sucede, que tendemos a nombrar a las personas con adjetivos, no con nombres, porque no tienen sustancia, son "un don nadie". Esta era la realidad del rico del relato de la parábola.

Dios que es Padre, ¿no tuvo misericordia de este hombre? ¿No llamó a su corazón para conmoverlo? Sí, Dios estaba en la puerta, estaba en su puerta, en la persona de Lázaro.

Lázaro, él sí que tenía un nombre. Lázaro con sus necesidades y sus miserias, sus enfermedades, era el Señor quien llamaba a la puerta, para que este hombre abriese su corazón y la misericordia pudiese entrar.

Y sin embargo, el rico no veía, estaba cerrado y para él, más allá de la puerta, no había nada.

El pasaje del Evangelio es útil para todos nosotros, para hacernos algunas preguntas: Yo, ¿estoy en el camino de la vida o el camino de la mentira? ¿Cuántas cerrazones aún tengo en mi corazón? ¿Dónde está mi alegría: en el hacer o en el decir? Y también: mi alegría está en salir de mí mismo para ir al encuentro de los demás, para ayudar a los demás, o mi alegría es tener todo resuelto, encerrado en mí mismo.

Pidamos al Señor la gracia de ver siempre a los Lázaros que están en nuestra puerta, los Lázaros que tocan al corazón y aquella de salir de nosotros mismos con generosidad, con actitud de misericordia, para que la misericordia de Dios pueda entrar en nuestros corazones. Que Dios pueda entrar en nuestros corazones.

Pidamos también ayuda a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que nos ayude a ver más allá de nosotros mismos, de nuestros intereses y veamos a Dios en las demás personas más necesitadas de nuestra ayuda generosa.

Tags:

  • papa
  • rico epulón y Lázaro
  • Evangelio
  • misericordia

Lee también

Comentarios