Que Dios renueve nuestros corazones

Nos acercamos a la Navidad, al Gran Misterio del Nacimiento del Hijo de Dios de Santa Virgen viviendo nuestra vida.
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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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 “Dejémonos transformar por Jesús, dejemos que pueda re-crearnos liberándonos de nuestros pecados”, dijo el papa Francisco en una de sus homilías.

Ante el hecho de disimular nuestros pecados sin avergonzarnos verdaderamente en nuestro corazón, nos damos cuenta de que solo reconociendo nuestros pecados podremos permitir a Dios que renueve nuestros corazones, que nos haga personas nuevas.

El Evangelio nos dice que Jesús curaba y hacía ver un camino de cambio a la gente, por eso la gente lo seguía. Lo hacía porque el mensaje de Jesús llegaba al corazón del pueblo.

Pero lo que hacía Jesús no era solo un cambio: Jesús ha hecho una transformación. Ha cambiado el alma de aquella gente con una re-creación.

Dios había creado el mundo; el hombre ha caído en pecado; viene Jesús a re-crear el mundo. Y este es el mensaje del Evangelio, que se ve claro: antes de curar a aquel hombre, Jesús perdona sus pecados. Va allí, a la re-creación, re-crea a aquel hombre de pecador a justo: lo re-crea como justo. Lo hace nuevo, totalmente nuevo.

Y esto escandaliza a algunos de los oyentes. Por esto los Doctores de la Ley comenzaron a discutir, a murmurar porque no podían aceptar su autoridad. Jesús es capaz de transformarnos de pecadores en personas nuevas.

Es algo  que intuyó santa María Magdalena, que tenía buena salud corporal, pero tenía una llaga dentro: era una pecadora. Intuyó, por tanto, que aquel hombre podía curar no solo el cuerpo, sino la llaga del alma. ¡Podía re-crearla! Y para esto se necesitaba una gran fe.

Que el Señor nos ayude a prepararnos a la Navidad con gran fe, porque para la curación del alma, para la curación existencial, la re-creación que trae Jesús, se necesita gran fe. Ser transformados: esta es la gracia de la salud que nos trae Jesús en la Navidad.

Todos somos pecadores, pero hay que mirar la raíz de nuestro pecado y dejar que el Señor vaya ahí y la re-cree; y aquella raíz amarga florecerá con las obras de justicia;  seremos  así un hombre nuevo, una mujer nueva, que iremos felices por la vida.

Pero con alguna frecuencia, quizá, tratamos de esconder la gravedad de nuestros pecados, por cobardía. Por ejemplo cuando hemos cometido el pecado de envidia y tratamos de rebajarla con pretextos, incluso muy ingenuos. Pero, en esos momentos y siempre, debemos darnos cuenta de que es como el veneno de la serpiente ¡que trata de destruir a la  persona!

Dejemos que el Señor borre nuestros pecados con la Confesión Sacramental,  para hacernos verdaderamente nuevos. Debemos ir al fondo de nuestros pecados por el examen de conciencia, acudir al Sacramento a la Confesión bien hecha y así dárselos al Señor, para que Él los borre por la absolución del sacerdote, que hace sus veces, y nos ayude a ir adelante con fe.

Esto es lo que hoy el Señor nos pide a nosotros, nos dice: ‘Dame tus pecados y yo te haré un hombre nuevo y una mujer nueva’. Que el Señor nos aumente la fe, para creer  y para obrar en consecuencia.
 

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