¡Qué impotencia!

En estas órbitas se mueven los políticos de todos los colores. Alejados de la realidad y de los sentimientos de la gente. Visitan cuando están en campaña, haciendo creer que conocen y sienten los sufrimientos ajenos para terminar ofreciendo más de lo mismo.
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Las cúpulas partidarias y los funcionarios de alto nivel están enredados en discusiones sobre el déficit fiscal aunque poco les importan los compromisos con los organismos internacionales y mucho menos la calificación de país; siguen empeñados en utilizar los ahorros privados para sacar al gobierno de apuros de cortísimo plazo; toman decisiones para quedar bien con unos pocos en el corto plazo sin importar que afectan a la gran mayoría en el mediano y largo plazo; declaran mentiras, con muy malas intenciones, sobre las medidas de la Sala de lo Constitucional para proteger a los futuros pensionados, que son la gran mayoría; se ocupan, en contra de la corriente mundial, de apoyar a un gobierno dictatorial; y para rebalsar el gusto, sin que esto signifique agotar sus ocupaciones, echan la culpa a otros de las omisiones intencionales en la estructura del presupuesto 2017.

En estas órbitas se mueven los políticos de todos los colores. Alejados de la realidad y de los sentimientos de la gente. Visitan cuando están en campaña, haciendo creer que conocen y sienten los sufrimientos ajenos para terminar ofreciendo más de lo mismo. Pero de allí no se pasa. Y no se pasa porque al igual que ellos, el aparato del Estado se mantiene de espaldas a la gente, su administración hace lo contrario de lo que afirma la Constitución de la República. No demuestran y hasta contradicen, que el Estado y su administración tienen como origen y fin a la gente.

El aparato del Estado simple y sencillamente no funciona. Y no funciona porque está inundado de amiguismo, de compadrazgo, de torguismo; está inundado de no se puede y de no hay recursos; y lo peor, está inundado de correligionarios en proceso permanente de aprendizaje para la campaña electoral. Pero mientras que todos, cúpulas, dirigentes, funcionarios, burócratas, sindicalistas y más, lo pasan bien, en las calles y avenidas de nuestro país se vive una realidad dramática.

LPG publicó un reportaje desgarrador el 31 de julio titulado “Quiero despedirme porque sé que me van a matar”. Siete casos de jóvenes estudiantes, de estos chicos y chicas que están inmersos en un túnel sin luz al fondo. Estudian bachillerato, son parte de ese vergonzoso limitado y excluyente 38 % de población que es cubierta en este nivel educativo; viven en comunidades del Área Metropolitana de San Salvador, están aquí, al lado nuestro y seguramente uno que otro es nuestro vecino. No dicen su lugar de residencia, pero viven en comunidades que la seguridad y la inseguridad la proporcionan las pandillas. Esos grupos organizados que han inspirado a los diputados aprobar una y más leyes que sirven para poco.

Las leyes no cambian la realidad. Regulan el pasado sin poder evolucionar para adecuarse a la dinámica social. Las vivencias de los estudiantes fueron compartidas por una maestra.

Usó un recurso pedagógico para canalizar sentimientos de los estudiantes ante un asesinato de alguno de sus compañeros, supongo. Seguro que nunca se imaginó lo que sus alumnos iban a expresar en 50 o 60 palabras. Y me imagino la impotencia que siente ante semejantes relatos de chicos en la edad de perfilar sus sueños y definir sus metas, fortaleciendo la voluntad, la disciplina y la confianza. Pero con esas vivencias y en ese entorno ¿cómo hacerlo? Imposible. Y peor... ¿qué hacer con esas vivencias en las manos? ¡Qué impotencia!

En los centros públicos de educación media el año recién pasado se registraron 154,154 alumnos. Saben los maestros y maestras ¿cuántos estudiantes viven situaciones similares? El Ministerio de Educación ¿tiene un programa para orientar a los docentes en el manejo de estas situaciones? Pregunto porque la iniciativa de la maestra obliga a superar la parálisis que tenemos frente a los jóvenes de ambos sexos.

Aunque las autoridades de justicia y seguridad juren y vuelvan a jurar que la situación está mejorando, es difícil creerles. A las escuelas, a los institutos de bachillerato y a las universidades llegan estudiantes cada vez más emproblemados por el ambiente en el que viven. Y esto no tiene la ocupación de las dirigencias partidarias, ni de los funcionarios públicos, electos y no electos. ¿A dónde vamos a llegar? La prioridad nacional deben ser los adolescentes y jóvenes.
 

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