Que los valores básicos para una sana y armoniosa convivencia se activen en el ambiente lo más pronto posible

La familia, la escuela y la sociedad han fallado en el cumplimiento de sus roles decisivos en este campo. Se ha venido viviendo en el país un proceso de desintegración en todas esas áreas, y los efectos están patéticamente a la vista, cada día en forma más lacerante y desgarradora.
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Que venimos padeciendo un grave trastorno de valores es una realidad que se hace más patente y destructiva a medida que pasa el tiempo sin que haya ningún esfuerzo en serio para revertir tal situación. En el curso de los decenios más recientes, la crisis de valores fue expandiéndose como una plaga de fuerza progresiva; y muchas condiciones incidieron sin duda en que dicho fenómeno fuera llegando a ser lo que ahora es: una especie de monstruo de muchas cabezas. En el campo de los hechos, la falta y la distorsión de los valores producen daños verdaderamente inhabilitantes, que a la larga se van viendo con bastante más claridad. Si por algo la institucionalidad se halla en el estado de ineficiencia que hoy presenta es por efecto de la crisis de valores imperante; y si por algo la sociedad se viene volviendo una tierra de nadie en la que no se respeta nada es por efecto de esa misma crisis de valores.

La familia, la escuela y la sociedad han fallado en el cumplimiento de sus roles decisivos en este campo. Se ha venido viviendo en el país un proceso de desintegración en todas esas áreas, y los efectos están patéticamente a la vista, cada día en forma más lacerante y desgarradora. Por ejemplo, hoy parece que quitarles la vida a los semejantes es un simple trámite que no despierta ni siquiera los mínimos movimientos de aprensión o de culpa. El crimen organizado gana tanto terreno porque no hay mecanismos morales que le pongan coto ni tampoco, para colmo, mecanismos legales que se hagan valer como tales. Como sociedad vamos al garete, y eso es lo más grave y aleatorio que le puede pasar a cualquier sociedad.

En lo que se refiere a la familia, su rol es absolutamente decisivo para garantizar el buen desarrollo y el efectivo desempeño tanto de la vida personal como de la vida colectiva. Si la familia falla, todo falla en algún momento; y eso lo estamos experimentando en nuestro ambiente de manera progresiva. La emigración ha sido un factor desestructurador de la familia, pero también hay otros factores como el machismo que tiene aún mucha vigencia y el desajuste de principios y valores que se ha instalado en el ambiente por tantas necesidades insatisfechas. Hay que reconstruir la familia sobre nuevas bases, y ese tendría que ser uno de los objetivos básicos del quehacer actual, tan atrapado en reduccionismos inútiles y en propósitos de corto plazo.

La escuela también ha dejado de cumplir a cabalidad su función de educadora del carácter y de la conducta. Aquí hay que hacer una transformación a fondo, que abarque, en primera línea y con énfasis decisivo, la formación docente. El maestro es el gran gestor de la educación, y hay que verlo no como un trabajador más, sino como un artífice del progreso en clave personalizada. Y, desde luego, la sociedad como tal tiene que hacer lo suyo. El ambiente en general es el escenario de la vida social, y lo que se produce en dicho escenario, sea ejemplarizante o pernicioso, determina en gran medida el destino de la comunidad y de sus individuos.

Solo a partir de una sana convivencia es factible levantar el progreso y darle sostenibilidad en el tiempo. Pareciera que estamos lejos aún de entenderlo y asumirlo en esa forma, y por ello vamos dando tumbos entre marejadas continuas, cada vez más incontrolables. Los valores no son temas teóricos sino exigencias prácticas; y en la medida que se les considera como instrumentos vivos, más posibilidades hay de hacer del presente la antesala vivificante del futuro.

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