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¿Qué puedo hacer yo ante tanta miseria?

Si no cuidamos la forma en que procesamos la dura realidad que vemos en las noticias de las redes sociales, los medios de comunicación digitales y tradicionales, describiendo la dolorosa realidad que viven las familias salvadoreñas, podemos llegar sentir una frustración que nos paralice solo en las quejas. ¿Qué puedo hacer yo ante tanta miseria?
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¿Qué puedo hacer yo ante tanta miseria?

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Ayer, en la gala de reconocimiento del salvadoreño comprometido, organizada por la FUNDACIÓN TCS, se nos mostró el ejemplo de cinco salvadoreños que, en vez de perder el tiempo en quejarse, invierten un mínimo de recursos y de tiempo en ayudar a otros causando impacto positivo en quienes tienen alguna carencia o enfermedad. Sus historias son una ventana de aire fresco de esperanza para motivarnos a trabajar en cosas pequeñas que mejoren la vida de los más necesitados.

El reconocimiento de la edición 2017 recayó en María Teresa Sosa, quien junto con su esposo tuvo que enfrentar la muerte de su hijo Roberto, llamado cariñosamente “Chobe”, un joven guapo de 14 años que padeció cáncer hepático. Su madre contó en un video que, mientras lo cuidó en su estadía en el Hospital Bloom, el muchacho conoció como testigo las dificultades que los padres de los otros niños enfermos experimentaban cuando los acompañaban en su tratamiento oncológico por largas temporadas. Allí mostró “Chobe” su gran corazón e hizo prometer a su madre una tarea: acompañar a los papás y mamás de los pacientitos del dispensario público y del Centro de Cáncer Infantil Meza Ayáu en su estadía al pie de la cama de sus hijos. Desde la petición de su primogénito, esta valerosa madre brinda desde hace tres años un plato de comida a los progenitores cada martes, compartiendo sus brazos que apapachan a los niños y niñas enfermos y dándoles tiempo a los papás para que descansen. Ella entrega 50 platos de comida semanales y periódicamente entrega víveres y kits de higiene a las familias.

Me gustó también la labor de los otros cuatro: Cristian Lazo aporta su granito en el caserío El Jocotón, en Jucuapa, Usulután, en su tiempo libre que le deja su trabajo de profesor. Desde hace nueve años dirige la organización “Pequeños Apóstoles de la Redención” buscando llevar acceso a la educación, alimentación y salud. Ahora quiere que una escuelita que fue creciendo desde parvularia tenga un aula para que los jóvenes puedan terminar su educación básica y luego bachillerato.

Carlos Sandoval es una persona sorda que junto con su esposa, Ester, quisieron atender de forma voluntaria el bienestar y esparcimiento de la comunidad sorda de Santa Ana. Desde hace cuatro años dirigen una escuela que además organiza ligas de fútbol masculino y femenino en categorías de fútbol rápido y fútbol 11, que incluye formación en valores y autoestima.

En Ahuachapán, Margarita Gallegos mira el sufrimiento de la escasez de alimentos en las familias necesitadas; por eso inicia junto con sus amigos el proyecto “Jóvenes, Arroz con Leche” por medio el cual entregan una vez por semana un plato de alimento a indigentes y personas de escasos recursos. Don Édgar Perdomo junto con su esposa son dos jubilados que llevan 16 años comprometidos en un grupo de voluntarios de la parroquia Divina Providencia, en la Colonia Atlacatl, es el de llevar el Comedor Santa Rita. Aquí le dan de martes a viernes comida caliente y un abrazo a cerca de un centenar de personas de todas las edades y con diferentes situaciones.

Después de ver estos testimonios me pregunto: ¿qué puedo hacer yo ante tanta miseria?

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