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¿Qué será?

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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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Sí, te verías preciosa en ese traje. El escudo nacional en las faldas de la pollera, la mantilla de encaje cubriéndote la cabeza. Y no, no te lo digo como ironía, lo prefiero mil a veces a que te enroles como cachiporrista. Pero amar a tu patria, ángel de mi vida, no tiene nada que ver con ese despilfarro de encajes azul y blanco.

Si me pides explicártelo, lo intentaré, aunque es un esfuerzo inútil. Esto de la patria solo se aprende con el tiempo; cuando ser salvadoreña te duela, entonces te acordarás de lo que hoy te digo.

"Nuestra patria El Salvador" no es un lugar. La patria es más que nuestros volcanes, que nuestros campos perversamente generosos en gente pobre, que nuestros ríos a cuyos flancos se peca como se implora. Y sí, tienes razón, son 21 mil kilómetros de cielo sobre 21 mil kilómetros de tierra. Pero la patria es más que la suma de este suelo y de esas nubes.

Tampoco cabe en las páginas de un libro. La patria nada tiene que ver con esos hombres cuyos apellidos te aprenderás con el tiempo. Ellos, presbíteros, generales y nobles, fueron piedra fundadora de la República de El Salvador. Y, pese a lo mal que lo hicieron, les seguimos rindiendo homenaje. Es que, óyeme, con lo que los próceres sembraron hace 200 años, cosechar paz era imposible. Fue más fácil cosechar despojo.

La patria no es la paz, pero son gemelas. Es que la patria es un deseo, el deseo de vivir en paz sin movernos del metro en que nacimos, del metro en que crecimos, del metro en el que gozamos a nuestra familia, del metro en el que conocimos el amor.

Y la paz no es posible sin justicia ni igualdad. Si no reconocemos al otro como igual a nosotros, no reconoceremos sus derechos. Si creemos que por pensar distinto a nosotros ese otro es un extraño aunque vivamos en el mismo pedazo del mundo, no hay posibilidades de justicia para él.

En El Salvador, miles de personas nunca gozaron de esa posibilidad, ¿sabés? Por pensar distinto que los más fuertes, por no ser considerados sus iguales por los más fuertes, por exigir solidaridad, por hacerse en voz alta las preguntas propias de un corazón bueno, por todo ello debieron irse y olvidar ese metro para siempre.

Pero no todos se fueron. Algunos se quedaron acá, preguntando hasta morir, porque hay corazones que no saben callar. Y eso es el corazón de un patriota: aunque puede llevarse la patria consigo como uno se lleva sus sueños allá adonde vaya, el patriota entiende que la paz más cara, la paz soñada, es la de tus iguales, la de los de tu tierra. Y te quedas con ellos... Antes de que todos te digan santo, unos pocos deben decirte hermano.

Nadie hace un conteo de patriotas, no sé cuántos haya hoy. Sé que alguna, muchas veces en nuestra historia, amar a la patria inspiró a los mejores salvadoreños a resistir. Aunque ahora sobramos los sensatos que te recomiendan soportar, eso no tiene nada que ver con la patria. La patria no se lleva bien con la cobardía.

Imperfecta y querida, esa ha sido la patria para mí. ¿Qué será para ti, cariño? ¿Qué será mañana? ¿Qué será?

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