¿Qué tipo de presidente necesitamos para encarar los desafíos de país en los tiempos que corren?

Estamos enfilados directamente hacia el evento electoral del cual saldrán el nuevo Presidente y el nuevo Vicepresidente de la República para el período 2019-2024. Las condiciones de la realidad nacional, y muy especialmente del entorno político, hacen que en esta oportunidad la elección correspondiente adquiera perfiles de especial relieve. Vamos entrando en una época en que la evolución nacional parece estarse reconociendo a sí misma, y eso pone al fenómeno en su conjunto a prueba máxima.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En lo que toca a la pregunta inicial mencionamos seis puntos que pueden ser considerados vitales para una gestión presidencial como debe ser: el autocontrol en todos los órdenes, la honradez y la probidad sin mancha, la visión proyectiva sobre el presente y sobre el futuro, la efectiva capacidad de manejo inteligente de la realidad, la voluntad de entendimiento desapasionado y desprejuiciado y el enfoque de la propia gestión como una etapa del continuado proceso evolutivo del país.

El autocontrol en los diversos órdenes del ser y del proceder es lo que todo gobernante necesita como premisa de buena gestión, porque sólo con ese elemento a la mano es factible administrar las emociones y defenderse de las pasiones. El poder es una droga peligrosa, y por eso aquí el autocontrol debe estar presente sin excusas de ninguna índole. Habría que asegurarse, por la trayectoria vivida, de que el autocontrol sea capaz de sobreponerse a todos los embates malignos.

La moralidad notoria es un requisito constitucional para aspirar al cargo ejecutivo más alto, pero en los hechos esto ni siquiera se menciona. En verdad, lo que habría que asegurar es que la persona que llegue a asumir la Presidencia de la República no sólo evidencie una conducta intachable sino que garantice, por su personalidad y por su desempeño, que el ejercicio del poder no le hará caer en tentaciones perversas, como ha sido tan común.

Lo que hoy se necesita de manera incuestionable es un conductor gubernamental que se caracterice por su visión proyectiva y que en ningún caso se quede atado a la rutina cómoda, sólo haciendo alarde del poder que le asiste. Dicha visión es un factor preventivo frente al culto a la improvisación y la adicción a la ocurrencia, que tanto vician el desempeño concreto. Gobernar es siempre una tarea en dos sentidos: en lo inmediato y en perspectiva, y hay que asegurarse de que así sea.

El que gobierna debe ser un estratega del fenómeno real, y eso sólo puede lograrse poniendo en función la inteligencia. En otras palabras: el gobernante requiere inteligencia proactiva, que tenga facultades propias para analizar, para valorar, para planificar, para proyectar y para ejecutar. Un abanico en movimiento. Aunque los planes de gobierno y los equipos de gobierno sean tan importantes, lo que decide la suerte de la gestión es la habilidad pluridimensional del gestor.

Para lograr asumir de modo pleno su función gobernante, el que la ejerza debe entender a profundidad y aceptar sin reservas la naturaleza real del desempeño democrático, que no es un vivero de colisiones sino un ejercicio de entendimientos. En la democracia, administrar con habilidad y cordura las diferencias entre fuerzas y entre sectores es la clave del éxito posible, tanto para el que gobierna como para los gobernados. Asegurar esto no es opcional.

El que gobierna debe asumir la convicción inequívoca de que su labor, que es temporal según el calendario legal, sólo constituye un eslabón dentro de la cadena histórica. Esto se trae a colación porque al enclaustrarse en el período propio lo que produce es un reduccionismo estratégico que limita a fondo la posibilidad de encarar desafíos y de resolver problemas. Tal limitación se ha venido reiterando en el tiempo con los efectos adversos que están a la vista.

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