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Quedan muchas tareas pendientes desde que se firmó el fin de la guerra hace este día veinticinco años

En días pasados la Asamblea Legislativa, con apoyo multipartidario, acordó declarar 2017 “Año de la Promoción de la Cultura de Paz”, con lo cual se enfatiza que no se trata de una simple celebración sino de algo mucho más importante: el compromiso de trabajar para que la cultura de paz vaya asumiendo la dimensión que le corresponde en los distintos espacios nacionales.
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Hoy, 16 de enero de 2017, se está cumpliendo un cuarto de siglo desde aquel 16 de enero de 1992 en que los salvadoreños dejamos definitivamente atrás el conflicto bélico que había estado en el terreno a partir de 1980. Hubo un largo período de preguerra hasta que la lucha armada directa tomó posesión del ambiente, con dos fuerzas militares haciendo todos los esfuerzos que tenían a la mano para hacerse con la victoria militar y así permitirle al eventual vencedor imponer sin matices de ninguna índole su ley y su sistema. Las condiciones internas en evolución, unidas a lo que iba pasando en los planos internacionales, imposibilitaron afortunadamente que lo militar determinara el resultado final del conflicto, y así se pudo ir abriendo paso la solución política que en definitiva surgió de la mesa de negociaciones.

Veinticinco años después, la sensación más generalizada es la que recoge las insatisfacciones y las frustraciones del conglomerado social por los distintos errores y fallas que se vienen sucediendo durante el largo período aludido. Sin duda, en su momento inicial, la posguerra despertó expectativas de ir avanzando de manera progresiva hacia un nuevo país; y tales expectativas eran ciertas y factibles, siempre que la sociedad emprendiera de inmediato las tareas que implica una verdadera modernización en todos los órdenes de la vida nacional. Esto justamente es lo que no se hizo a tiempo, y por eso hemos venido en un zigzag que nos tiene fatigados y desalentados cada vez más.

Entre esas labores básicas estaba desde luego ir instalando en el país de modo efectivo y sin retrocesos una auténtica cultura de paz. Y cuando hablamos de cultura de paz no nos referimos simplemente a repetir principios y frases con ánimo escolar, sino al imperativo de asegurar que las conductas individuales y sociales vayan moviéndose hacia el plano de una convivencia respetuosa e interactiva. Si desde el inicio de esta etapa de posguerra se hubieran activado los mecanismos para lograr lo anterior, la situación nacional sería muy diferente a lo que tenemos. Ahora, lo que urge es destraumatizar las relaciones interpersonales e interinstitucionales, y la política y los políticos son los primeros obligados a dar el ejemplo positivo en esa línea.

En días pasados la Asamblea Legislativa, con apoyo multipartidario, acordó declarar 2017 “Año de la Promoción de la Cultura de Paz”, con lo cual se enfatiza que no se trata de una simple celebración sino de algo mucho más importante: el compromiso de trabajar para que la cultura de paz vaya asumiendo la dimensión que le corresponde en los distintos espacios nacionales. Si las conductas no se van volviendo pacíficas de veras, muy poco se puede esperar en lo que corresponde a mejoramientos sustanciales del entorno humano. Ojalá, pues, que la declaratoria aludida no vaya a quedar en una mera expresión formal de coyuntura, como pasa casi siempre.

Entramos, pues, en un nuevo ciclo cronológico en lo que a las diversas transiciones de posguerra se refiere. Nuestro país se desplaza hacia adelante, pese a todas las barreras y obstáculos que le van saliendo al paso. Y es responsabilidad de todos garantizar que dicho desplazamiento sea lo más constructivo posible.

Hagamos país con nuestras proyecciones y con nuestras acciones. Es lo que tenemos que proponernos en este día en que la paz recibe tantos recordatorios.

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