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Querer satanizar a los inmigrantes sólo por ser tales es una total distorsión

La inmensa mayoría de los que migran lo hacen por razones de seguridad o por aspiraciones de superación, y eso ha sido así siempre, porque el fenómeno migratorio ha existido en todos los tiempos, y nadie ha logrado detenerlo con actos de fuerza o con medidas traumatizantes.
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Las migraciones son, en el momento actual de la dinámica globalizadora, una cuestión altamente sensitiva, que despierta constantes reacciones en un mundo que, al ir abriendo progresivamente sus fronteras de todo tipo, tiene que aprender a convivir con sus propias realidades. En ese marco, los fenómenos migratorios se han vuelto fuentes de conflictividad, de tensiones y de trastornos de la más variada índole. Como es previsible, el destino natural de los migrantes que salen de regiones donde impera la inseguridad y hay crónica escasez de oportunidades de progreso son los países con más desarrollo, y es lo que estamos viendo en el día a día. Es decir, la inmensa mayoría de los que migran lo hacen por razones de seguridad o por aspiraciones de superación, y eso ha sido así siempre, porque el fenómeno migratorio ha existido en todos los tiempos, y nadie ha logrado detenerlo con actos de fuerza o con medidas traumatizantes.

Nuestro país, como hemos recordado tantas veces porque hay muchos que no tienen conciencia de ello ni quieren tenerla, ha sido siempre, por sus propias condiciones, país de emigración, y lo que va cambiando en el curso del tiempo es el mapa de destino de nuestros emigrantes. Durante mucho tiempo, los salvadoreños que migraban lo hacían hacia el entorno centroamericano, especialmente hacia Honduras, lo cual les daba escasísimas posibilidades de progreso ascendente; pero ya dentro de la guerra interna y especialmente durante esta prolongada posguerra, la corriente migratoria se ha dirigido al Norte, hacia la primera potencia mundial, y eso le da un vuelco insospechado a la suerte de nuestros migrantes y del fenómeno en sí. No es casual, entonces, que en esta época los migrantes ya no vayan a desaparecer como tales en su lugar de destino, sino a emerger en el mismo con un nuevo sentido de pertenencia respecto de su origen.

Si se percibe y analiza con la sensatez y la serenidad debidas el fenómeno al que nos referimos, lo que resulta es la confirmación de que los emigrantes, en proporciones abrumadoramente mayoritarias, dejan su propio país para ir a buscar futuro y progreso en los lugares de arribo. Van a trabajar tesoneramente y no a esperar que nadie los mantenga, y esto se convierte en un notable beneficio tanto para el país que les acoge como para el país de donde provienen, lo cual es comprobable sin ninguna dificultad en los hechos. Catalogar a los inmigrantes como delincuentes sólo porque unos cuantos transgreden la ley es querer elevar el prejuicio a la categoría de argumento plenamente justificativo.

Ahora, en nuestro caso particular, los compatriotas emigrantes tienden a mantener vivos los vínculos con su país, haciéndolo además de forma muy concreta, y eso nos compromete aún más a poner el empeño necesario para abogar decididamente por sus derechos y a hacer conciencia en todas las formas y ámbitos posibles para que los salvadoreños en el exterior reciban el respeto que se merecen.

Estamos en una nueva era, que se proyecta como tal en todos los sentidos de nuestra vida, y nadie puede escapar a esta renovación evolutiva que es parte del fenómeno globalizador en el que estamos inmersos.

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