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¿Quién fue el primero que le dijo que la humanidad nunca llegó a la Luna?

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Cristian Villalta

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A mí el pionero en revelarme que todo fue un montaje de los gringos con el apoyo de una sucursal del infierno llamada Hollywood fue un primo tres años mayor al que siempre se le dio lo conspirativo. Este era el cuento, rayano entre la ficción y el terror: "Todo lo armó la CIA, no la NASA. Contrataron a un director de cine bueno en efectos especiales, ocuparon unas cámaras distorsionadas, lo del audio se los resolvió un ingeniero de sonido que fue la parte más fácil, y luego de filmar varias veces hasta que quedó convincente, asesinaron a todos los camarógrafos".

Con el paso de los años, descubrí que mi pariente no estaba solo en ese bando de la contracultura. Hay un filón enorme de literatura y ensayos al respecto, producida por cruzados que están convencidos de que el 20 de julio de 1969, el gobierno de Richard Nixon produjo el "fake news" más memorable de la historia.

Nixon apenas cumplía medio año como presidente en aquel momento, y era imposible asociarlo al programa espacial, una apuesta de Dwight Einsenhower y de John Kennedy, no suya. Pero cinco años después, cuando debió renunciar acusado de acoso y espionaje contra sus adversarios políticos, todo su legado quedaría cuestionado para la posteridad, desde su papel en la prolongación de la guerra de Vietnam hasta su rol como financista de dictaduras y golpes de Estado en América Latina. Y claro, ese descrédito también se trasladó eventualmente a la hazaña de Armstrong, Collins y Aldrin.

Uno de cada 10 estadounidenses cree que el alunizaje de 1969 fue una mentira; no tengo razones para creer que alrededor del mundo, la proporción de incredulidad sea semejante.

No se trata de que la humanidad descrea de sí misma y de sus capacidades, si es la misma de la rueda, la penicilina y la paz. La resistencia a admitir la hazaña nace de otro lado, de la certeza de que el gobierno (el que quieras) miente, y de que su comunicación no tiene más propósito que el de engañar al público maquillando números, o de distraerlo con juegos de ficción.

Engañar y distraer no es poco cargo contra quienes gobiernan, pero históricamente han sido funciones seductoras para quienes diseñan la comunicación política en una democracia. La gobernabilidad es más fácil si el que le sube el volumen a las pasiones es el presidente, no una sociedad heterogénea, pujante, temible.

El principal obstáculo para una estrategia de comunicaciones gubernamental que pretende confundir y manipular a la opinión pública es un periodismo independiente, soldado de los intereses ciudadanos, dispuesto a enfrentar los eslóganes con reporteo, la inundación de "fake news" con más reporteo, y los insultos con silencio.

Lo que acabó con Nixon, interrumpiendo de tajo su segundo periodo tras una victoria abrumadora en las elecciones, fue reducir su política doméstica a una caza de brujas. El presidente al que en las grabaciones de la Casa Blanca puede oírsele diciendo "esos hijos de perra están haciendo de todo para atacarme, y yo también haré de todo", acabó sus días en un mal disimulado ostracismo en Nueva Jersey. Acaso ese sea su legado, ejemplo de todo lo que un gobernante no debe hacer, empezando con creerse sus propias mentiras.

Sobre Neil Armstrong y su caminata, prefiero creer que sí ocurrió, que uno de nosotros contempló la Tierra desde el Mar de la Tranquilidad y desde entonces somos una especie consciente de su responsabilidad con nuestro planeta como de su insignificancia en el universo. Pero eso sí es garabato.

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