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¿Quién gana al liberarse los carriles del SITRAMSS?

Nunca tan pocos dañaron a tantos, como lo hicieron sus patrocinadores con los carriles segregados del SITRAMSS, un proyecto nacido y desarrollado entre la improvisación, el secretismo y el irrespeto a los angustiados pobladores de una ciudad colapsada, a la que le suprimen áreas verdes y su única vía amplia de tráfico este-oeste. Quizás un poco difícil de entender para quienes no sufren la casi paralización de la alameda Juan Pablo II y el bulevar del Ejército (entrada desde el oriente, el aeropuerto de Ilopango, varios centros comerciales, una zona industrial y miles de hogares, a la que dejaban solo un carrilito para entrar y otro para salir).
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Si se hacen números electoralmente, los votos logrados con los usuarios de ese miniproyecto y sus carriles discriminatorios no son nada frente al malestar de la mayoría de habitantes del más grande y contaminado núcleo urbano de El Salvador. No es cuestión simplemente de comodidad, sino de respeto a las personas y daño a la economía y salud pública.

En términos de economía, ¿cuál es el precio de las importaciones de combustible, otros insumos y repuestos malgastados por los enormes congestionamientos y largas filas de vehículos paralizados que provocó el SITRAMSS? ¿Cuenta la población con la bonanza económica necesaria para ese desperdicio? Y sobre todo, ¿tiene precio el valioso tiempo perdido por la gente, tiempo que es parte insustituible de sus vidas y que se le roba a sus familias y a su capacidad productiva? ¿Quién se abroga el derecho a hacer sufrir y exponer a tantos riesgos a la gente pobre que trabaja y no puede pagar el incremento de los pasajes generado por el SITRAMSS?

En términos de salud pública, los congestionamientos agravan la contaminación que ya sobrepasa aquí los máximos aceptados por la Organización Mundial de la Salud (y el aire más envenenado es el del bulevar del Ejército).

Si se hace números con objetividad y se atiende a la opinión pública, los dirigentes del gobierno y su partido podrían darse cuenta de que más les conviene la apertura a la libre circulación de carriles hasta hoy restringidos, que insistir en privilegiarlos.

Para unirnos y progresar todos los salvadoreños, necesitamos, ante todo, respetarnos y tomar en cuenta el pensamiento del “otro”. Ningún partido es dueño absoluto del país para imponer obras y medidas impopulares e inconvenientes; ni tampoco una crítica o denuncia pública tiene que ser calificada siempre como parte de imaginarios planes desestabilizadores. Hay que discutir civilizadamente, aceptar fallas o errores y no encapricharse en ignorar las realidades. Tómese como modelo la sincera aceptación de la ANDA de las graves fallas en su sistema de cobros a los usuarios. Con ello se abre la posibilidad de corregirlas, que es lo que la gente quiere.

En adelante el SITRAMSS debe adaptarse a las realidades estructurales de nuestras ciudades. En Guatemala, por ejemplo, los trenes serán usados como transporte urbano utilizando las vías férreas existentes dentro de la capital, a bajo costo y reduciendo la contaminación ambiental.

En Ciudad de México, donde el metro, los ejes viales, la amplitud de las calles y bulevares, los autobuses articulados y las autopistas representan soluciones para facilitar la circulación de unos seis o siete millones de vehículos, están instalando teleféricos para el transporte público cómodo y seguro aun en zonas calificadas como peligrosas y han dado un excelente resultado.

Naturalmente facilitar la movilidad de personas y bienes es un requisito para progresar y mejorar la calidad de vida en nuestro país, pero no improvisando sino pensándolo bien y utilizando racionalmente nuestros escasos recursos.

Por de pronto, celebremos la acertada liberación de los carriles segregados del SITRAMSS. ¡Una bendición para las mayorías!
 

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