¿Quién protege al consumidor en este país?

¿Quién decide el precio en este país? Será que son la oferta y la demanda como decían nuestros profesores en forma categórica.
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O será una mano invisible como se mencionaba en clase, cuando se hacía referencia a la metáfora de Adam Smith. Será la capacidad auto reguladora del libre mercado, como el dejar hacer dejar pasar, que representa los fundamentos ideológicos del liberalismo.

Según Smith, existía la capacidad de una economía de mercado en obtener automáticamente el máximo bienestar social a través de la búsqueda del propio interés. Vaya qué contraste con el presente. En el artículo pasado, hablábamos del egoísmo imperante de una desproporcionada magnitud que se constituye en un fenómeno al impedir el crecimiento país y el bienestar generalizado.

Hace aproximadamente siglo y medio cuando se hablaba del laissez faire laissez passer, Adam Smith en su teoría de los sentimientos morales planteaba que el egoísmo psicológico no constituye la base de todo comportamiento humano, sino que se encuentra en el proceso de simpatía o empatía. No pude evitar pensar cómo han pasado los años y cómo las teorías, la realidad y las actitudes han cambiado radicalmente.

Ahora lo que existe es un ego y una mano visible (a veces monopólica). Los precios son fijados en muchos casos por una industria o empresa en particular y a los consumidores, que son muchos, no les queda más que aceptar el producto imprescindible. En mercados monopólicos, las tarifas, los intereses o los precios son fijados y fluctúan por temporadas, con el agravante que tienen la potestad de aplicarle multas por el no uso del servicio en el tiempo estipulado.

Muchas veces el precio, la tarifa o el interés adulterado por las multas arbitrarias alteran el precio o cotización original en trescientas veces y el consumidor o usuario tiene que aceptarlo, puesto que la protección al consumidor no opera en este caso. La promoción de estos servicios es impresionante y alteran la preferencia del consumidor en forma subliminal. El consumidor es manipulado por la publicidad y con el transcurrir del tiempo se transforma en urgido consumidor. La necesidad manipulada y la obsesión del consumidor inciden en una forma impresionante en la decisión inalterable o definitiva de adquirir esos productos o servicios.

La mano invisible de Smith y la perfección de las fuerzas del mercado no operan en la realidad cuando el peso de la balanza de la oferta y la demanda resulta manipulada por uno o pocos oferentes e incontables consumidores. Los intereses de intereses, sobreprecios y multas no duermen, siguen creciendo en forma geométrica, incluso siguen multiplicando los fines de semana. El que duerme es el inocente y confiado consumidor. “Son políticas de la empresa” es la respuesta clásica de los empleados a cargo, en representación de los propietarios, a las inquietudes del consumidor alterado por el sobreprecio.

La democracia, la equidad y la justicia son términos que pierden sentido en mercados monopólicos u oligopólicos, a veces, y hasta en los casos de productos imprescindibles o que afectan la canasta básica. También en esos casos la trasparencia pregonada tampoco aplica y no nos queda más que aceptar o rechazar los servicios o los productos que siempre serán caros. Lo prescindible o imprescindible de un servicio siempre influirá. También siempre estará expuesto a factores objetivos y subjetivos. Pero la reserva y énfasis es que esos factores teóricamente básicos que tienen que ver con el ingreso, el precio y las preferencias, siempre se ven superados por la influencia de pocos oferentes sin ninguna regulación.

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