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¿Quién sabe el futuro del país?

Muchos tendrán una respuesta válida, si concluyen que quien sabe nuestro futuro con certeza es un ser superior a todos y a la vez supremo creador.
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Nadie más, es mi convención personal, no necesariamente compartida por aquellos que exhiben una actitud de violencia o por otros que rechazan un diálogo y un efectivo amor al prójimo.

Abundan individuos mentalmente enfermos y egocéntricos, que se creen superiores a los demás y poseedores absolutos de la verdad. También una obvia resignación y un pronóstico pesimista del futuro del país, a tal grado que lo ubican en la categoría de inviable: por su violencia extrema, polarización política y carencia absoluta de acuerdos básicos, que permitan trazar una ruta país.

En efecto y a pesar de lo afirmado, todavía existimos algunos que no perdemos la fe y aspiramos a ser ciudadanos con pretensiones de dejar legado o trasmitir valores, para que las nuevas generaciones afirmen que algunos de los que estuvieron antes “al menos trataron” de contribuir a construir país y no fueron esos que se dedicaron al despojo y al enriquecimiento ilícito de un país pobre, con pocos recursos y con una desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza impresionante.

Hicieron el esfuerzo, se dirá, e insistieron en la necesidad de acuerdos básicos, como apartidistas que eran, y propugnaron soluciones técnicas en un país con pocas opciones productivas, pero sí con posibilidades potenciales de mejorar su calidad de vida y su cultura, como factores ancla de un posterior desarrollo.

Tomando algunas expresiones recientes de un colaborador de Opinión, Rafael Ernesto Góchez, coincido con él que es la clase media de este país en la cual se concentra los que laboran, enseñan, emprenden y consumen. Consecuentemente, esa población tributa y contribuye significativamente al erario nacional y en mi opinión es en la cual se debe mantener la inquietud de legado desinteresado y profesional, dada su capacidad de propuesta y peso electoral.

Ningún viviente sabe el futuro del país, pero se puede contribuir a que este se identifique con una sociedad viable, socio económicamente hablando, limpia de maldad y perversidad. Si un estrato social está llamado, a que ese prácticamente sueño sea realidad, es la clase media caracterizada por una mayoría más inclinada al trabajo creativo y productivo, que al ejercicio de la política, más inclinada al conocimiento, que a la procura de obtención de dinero fácil.

Estadísticamente se puede comprobar que a nivel mundial los países que tienen una clase media amplia gozan de un crecimiento económico y un desarrollo social sostenido. En El Salvador ese estrato en las últimas décadas nunca ha sobrepasado el 30 %. Una clase media de cobertura cuyo límite mínimo comienza con $10 diarios, de lo que resulta una capacidad de tributación y de compra efectiva, pero potencialmente baja.

En tal sentido, para procurar que él joven que es el “ejército de reserva-clase media futura” no emigre, se hace urgente creación masiva de trabajo decente, entendiéndose por este el que se genera en el sector formal, porque es ahí donde se ubican los que laboran, enseñan, emprenden y tributan y no en aquellas actividades de simple intercambio de productos de reventa e importados y que se suman a aquellos grandes que acostumbran también a eludir y a evadir.

No sabemos el futuro de este país, pero sí sabemos los ciudadanos responsables qué es lo que se debe técnicamente hacerse, para que no sea tan incierto. Una recomendación para los que toman decisiones: menos política y egoísmo, cero corrupción, más conciencia ciudadana.

Tags:

  • violencia
  • futuro
  • acuerdos
  • polarizacion

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