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¿Quo vadis Nicaragua?

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Rubén I. Zamora, Exembajador en Estados Unidos y ONU

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La insurrección popular nicaragüense ha entrado a una nueva fase de aparente "estabilización", ambas partes mantienen su estrategia de enfrentamiento y utilizan los mismos instrumentos.

La estrategia popular comprende, casi exclusivamente, movilizaciones masivas de calle que se continúan dando, paros nacionales (el tercero hace pocos días) que incorporan la protesta de los empresarios y en aceptación de la solución política del conflicto; sin embargo, ha retrocedido en cuanto a las ocupaciones de ciudades pues el gobierno ha logrado retomarlas a base de sangre y fuego; en otras palabras el panorama inclina a considerar que el movimiento popular está vivo, pero que su horizonte de iniciativas se ha acortado.

Por parte del régimen, la respuesta de Ortega ha sido desde un principio y continúa siendo, casi exclusivamente recurrir a la represión de la Policía Nacional y embarcarse en la aventura del paramilitarismo ante la negativa de las fuerzas armadas de acompañarlo, añadiendo un discurso de pacifista como su cobertura ideológica; en las últimas semanas hay un par de movilizaciones de sus seguidores, funcionarios y trabajadores del Estado, fuertemente custodiados por policías y paramilitares, tratando de desalojar al movimiento popular de centros de concentración; sin embargo, su gobierno enfrenta graves amenazas económicas y políticas como son el agotamiento a corto plazo de las reservas internacionales, la caída aguda del producto interno bruto y la pérdida de su imagen a nivel internacional. No sería remoto pensar que Ortega y Rosario creen que están ganándole la partida a la protesta popular, pero cada día que pasa el pantano en que están metiendo a la economía de Nicaragua, a la cohesión social de la población y a su imagen internacional se hace más profundo. Ortega no es el norcoreano Kim Jon-un, pues no tiene tras de sí una potencia mundial ni la fuerza militar que lo respalden.

El conflicto nicaragüense ha llegado a una situación de "equilibrio catastrófico" en el que las partes en conflicto se encuentran en un impase sin capacidad de predominar la una sobre la otra y sin capacidad de superarlo a su favor. La prolongación sine die de este tipo de equilibrio significa para el movimiento popular su desactivación, perdiendo su instrumento estratégico; esta parece ser la esperanza de la familia Ortega, aunque es ya claro que su continuismo en el control del gobierno no es posible vía la candidatura presidencial de su esposa, que su modelo de desarrollo actual, basado en una alianza con la empresa privada, ya no es viable y que la imagen internacional de su gobierno está hecha trizas; para el movimiento popular, el fantasma del cansancio está presente y el eslogan inicial, exigiendo la salida inmediata de los dos gobernantes y de su aparato, así como justicia para las víctimas de la represión, por muy justo y conveniente que sea, no parece viable.

La experiencia de otras situaciones similares, incluyendo la nuestra, plantean que el momento preciso para una negociación seria y fructífera es precisamente cuando ambas partes se encuentran en este tipo de equilibrio. La negociación de la guerra nuestra fue posible, precisamente cuando el FMLN llegó a la conclusión de que el pueblo ya no estaba dispuesto a insurreccionarse y tanto las Fuerzas Armadas como su sostén, los EUA, entendieron que no era cierta la derrota estratégica del FMLN; el detonador de la negociación, por paradójico que parezca, fue la ofensiva de noviembre de 1999.

Creo que la situación nicaragüense es similar y podría ser susceptible a una iniciativa negociadora, el problema es encontrar un propiciador de la misma capaz de intentarlo: la OEA con su condena al bando gubernamental difícilmente será aceptada por una de las dos partes; otra alternativa sería un esfuerzo serio del SICA, sin embargo, su posición no pasa de declaraciones ambiguas y etéreas que no ayudan para nada a resolver el problema y que lo único que evidencian es la debilidad y falta de voluntad de los gobernantes de Centroamérica y República Dominicana de entrarle al problema; quedaría una tercera opción que es la CELAC (Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe), cuyo presidencia es el gobierno salvadoreño, pero el récord de debilidad de esta presidencia y su reciente alineamiento con uno de los bandos, así como la crisis interna de la organización, la inhiben de hacerlo; quedan o la ONU que hasta ahora, no ha querido involucrarse en el conflicto o, sin embargo, no está cerrada esta puerta...

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