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Realidad bipolar

El Salvador es un país partido en dos: de un lado, millones de connacionales han optado por quedarse a vivir en su lugar de origen; y del otro, millones de compatriotas se esfuerzan por salir adelante en otras naciones. Esta es la esencia de los salvadoreños: desarraigados y separados de la familia.
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Es artificial la “dicotomía maniquea” que se promociona cotidianamente en los medios de comunicación, entre “buenos y malos”, “pobres y ricos”, “izquierdas y derechas”. Al visualizar y proyectar la realidad nacional de forma bipolar, numerosos salvadoreños caen en la polarización ideológica y la rivalidad. Este comportamiento obstinado (en un entorno de corrupción e impunidad) conduce a que miles de ciudadanos se limiten a votar en las elecciones, optando por “aislarse” de la realidad nacional viendo novelas y partidos de fútbol.

Veamos unos ejemplos. Para algunos connacionales, EUA es sinónimo de explotación, abuso y decadencia; para otros, EUA equivale a oportunidad, libertad y prosperidad. Para algunos compatriotas, Venezuela es sinónimo de liderazgo, colectivismo y revolución; para otros, Venezuela equivale a dogmatismo, despotismo y despilfarro. Para algunos conciudadanos, la ANEP es sinónimo de riqueza, arrogancia y miopía; para otros, la ANEP equivale a inversión, tenacidad y diligencia. Para algunos coterráneos, Alba Petróleos es sinónimo de emprendimiento, solidaridad y servicio; para otros, Alba Petróleos equivale a dinero, dominación y engaño. Ninguna de estas expresiones es absoluta. La verdad no es blanca o negra. Conviene, entonces, que los salvadoreños analicen y discutan responsablemente los temas de interés público. Es contraproducente que los salvadoreños sigan malgastando el tiempo en discusiones desquiciadas y estériles, mientras el mundo avanza inexorablemente. Los cuscatlecos deberían quitarse la venda de los ojos.

Una forma de hacerlo es informándose, asociándose y participando en la solución de sus problemas cotidianos. De no hacerlo, se corre el riesgo de que la polarización ideológica y la pugna partidaria lleven al país al precipicio.

La tarea es compleja. Ya que la superficialidad y polarización son reforzadas por una agobiante propaganda partidaria (permanente contienda electoral). Es común escuchar, ver y leer que los salvadoreños descalifican a quienes piensan diferente. Criticar, desprestigiar e irrespetar son prácticas habituales y, por ende, el desacuerdo y la irritación prevalecen entre los salvadoreños. Si a ello se le añade el hecho de que El Salvador sea uno de los países más vulnerables del mundo, es lógico suponer que las emergencias generadas por fenómenos naturales (terremotos, tormentas, inundaciones y sequías) hagan que la ansiedad sea parte de los cuscatlecos.

En pocas palabras, El Salvador es una sociedad estresada. Los salvadoreños viven el corto plazo (24 horas) y son indiferentes respecto al futuro del país. El único momento (intenso, por cierto) en el que coinciden los sentimientos “nacionalistas” es cuando juega la selecta. Paradójicamente, la selecta es administrada con las mismas mañas, compadrazgos e improvisaciones que los destinos del país.

En síntesis, no hay visión de país. El centralismo, individualismo, presidencialismo y asistencialismo crean un contexto sociocultural a favor del status quo.

Adicionalmente, el modelo de desarrollo ha contribuido a debilitar la capacidad productiva, ciudadana y estatal. De tal manera que la falta de oportunidades económicas, la desintegración sociofamiliar y la injusticia imperantes hacen que numerosos salvadoreños tengan que optar entre abandonar su terruño o incorporarse a la economía criminal para sobrevivir.

Tags:

  • desarraigados
  • comportamiento
  • novelas y partidos

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