Reciclaje moral

Nunca se me olvidará que uno de los preceptos de moralidad práctica que repetía constantemente don Rubén H. Dimas, maestro por excelencia y director del Colegio García Flamenco durante todos los años en que tuve el privilegio de formarme en sus aulas, era este: “Nunca tomes ni un solo centavo que no te pertenezca, porque hacerlo es muy poco para enriquecerte pero mucho para mancharte”.
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Y don Rubén era de aquellos maestros que, como todos los que lo son de verdad, predican con el ejemplo. Si algo se agradece en el curso de la vida, y más cuando la enseñanza marcadora se produce en las etapas iniciales de la misma, es la fertilización moral de la conciencia. Y si eso ha sido así siempre, lo es con apremio aún más imperativo en los tiempos que corren, en los que todas las contaminaciones de la conducta están a la orden del día. Circulan criterios verdaderamente cínicos como aquel que se oye en México: “El que no transa, no avanza”; o el que es tan común entre nosotros: “No me den; pónganme donde hay”. Por eso estamos como estamos, casi en todas partes. En estos tiempos de globalización, lo primero que se necesita es un reciclaje moralizador de alcance global. Y en tanto no se emprenda tal esfuerzo verdaderamente reformador, cualquier otro progreso tendrá bases anémicas.

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