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Reconozcamos y valoremos al maestro como uno de los pilares fundamentales del sistema de vida

El maestro es, en verdad, el gestor principal de la formación personalizada, y por ello el lazo que tiene que establecerse entre el educador y el educando debe actuar como una corriente no sólo de conocimientos científicos sino sobre todo de inspiraciones humanas.
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La Prensa Gráfica

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En el Día del Maestro se les rinde homenaje a los hombres y mujeres que dedican sus vidas, sus voluntades y sus empeños a la formación de niños y jóvenes en los más diversos espacios del conglomerado nacional respectivo. Esta es una tradición que viene de muy lejos, pero que en las circunstancias actuales se hace mucho más necesaria y oportuna, porque padecemos, en este como en prácticamente todos los campos de nuestra convivencia social, un deterioro estructural que pone al país en riesgo sin precedentes de ir perdiendo las bases de su identidad característica y aun de su supervivencia en el tiempo.

En contraste muy revelador, vamos transitando una época en la que el conocimiento adquiere relieves insospechados para salir adelante en cualquiera de los horizontes de la vida; y al ser así, la preparación personal, puesta debidamente al día, se vuelve un requisito insoslayable en la consecución de un destino personal y social que pueda sostenerse como tal en todo ambiente y circunstancia.

El maestro es, en verdad, el gestor principal de la formación personalizada, y por ello el lazo que tiene que establecerse entre el educador y el educando debe actuar como una corriente no sólo de conocimientos científicos sino sobre todo de inspiraciones humanas. Para que eso pueda llegar a concretarse en el espacio de cada vida se hace insoslayable asegurar, en primer término, que todas las personas llamadas a ejercer funciones magisteriales estén debidamente capacitadas en las diversas áreas de su desempeño. Aquí estamos haciendo referencia a la ciencia y a la moralidad, a la visión humanizada y a la disciplina de trabajo, a la entrega a la propia misión y a la enseñanza de valores como normas de vida.

No es casual que tradicionalmente la formación docente haya tenido características especiales y muy propias, como las que prevalecían en las Escuelas Normales de otro tiempo, de las que salieron generaciones de maestros y maestras verdaderamente ejemplares, tanto en sus vidas como en su trabajo. La desaparición de dicho sistema, con el argumento infundado de que había que privilegiar la modernización, ha provocado incontables daños en el plano de la evolución nacional. Es hora de hacer una revisión profunda de lo que era aquel sistema y de lo que es el antisistema que prevalece desde hace más de medio siglo para poder tomar las medidas reorientadoras que la misma realidad está reclamando.

Si realmente queremos que el país avance y se desarrolle hay que redefinir y reorientar la educación nacional, poniéndola en línea con la productividad y con la competitividad tal como hoy deben ser concebidas. Preocupa que no haya al respecto proyectos ni programas congruentes con la dinámica del momento actual.

Los aspirantes a la Presidencia de la República durante el período que comenzará el 1 de junio del año que viene tendrían que poner en el tema educativo un énfasis que vaya mucho más allá de las referencias localizadas en el recorrido territorial. Hay que enfocar la educación como lo que es: una cuestión de primer orden estructural, a la que hay que dedicarle atención prioritaria, porque de su buena gestión depende que la sociedad en su conjunto pueda hallar el rumbo correcto.

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