Recordando a Friedman

"Si uno se gasta su propio dinero en uno mismo", explicaba con simpleza, "uno se preocupa mucho de cuánto se gasta y de cómo se lo gasta; pero si uno se gasta en otros el dinero que no es de uno, se preocupará muy poco por cuánto se gasta o por cómo se gasta. Pues bien, eso es lo que hace el gobierno con nuestro dinero".

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Desde sus humildes orígenes en Brooklyn –donde nació en 1912– hasta la celebridad del Premio Nobel de Economía –que le fue otorgado en 1976–, Milton Friedman subió todos los peldaños de la superación humana. Se basaba en su propia vida cuando afirmaba, sin rodeos, que "las instituciones que tratan al individuo como responsable de sí mismo y ante sí mismo, conducirán a una mejor y más deseable atmósfera moral".

Su ensayo "¿Es humano el capitalismo?" fue una apuesta vigorosa, en tiempos de colectivismo, por la redención del hombre ante el todopoderoso Estado. Y como es obvio, sus ideas cayeron como baldadas de agua fría en ambientes académicos proclives a demonizar la iniciativa privada y canonizar la función pública. Mientras el resto del mundo le ignoraba, Ronald Reagan y Margaret Thatcher prestaron oídos a sus planteamientos. Hoy casi nadie discute lo evidente: Friedman cambió para siempre la historia del pensamiento económico.

Por supuesto, fue blanco de insultos y leyendas negras durante casi toda su vida. Se le imputaron los crímenes de Augusto Pinochet como si sus consejos al dictador chileno hubieran sido en calidad de gatillero en lugar de economista. Quienes todavía le culpan de ser "cómplice del terror" en Chile siguen olvidando, a conveniencia, que también asesoró al régimen comunista de la China continental, si bien únicamente el enclave británico de Hong Kong llevó a la práctica sus propuestas (con los resultados que conocemos).

A mediados del siglo XX, en el apogeo del keynesianismo, Friedman abogó por abjurar de los programas gubernativos que conducían a la inflación y se atrevió a decir que el Estado solo debía poner sus dedos sobre las curvas de barro de la moneda circulante. Acorralados ya por la evidencia empírica, los estatistas se lanzaron sobre él como perros que ladran a las llantas de un automóvil, sin imaginar que pronto se verían atropellados por el camión que venía detrás: el de la economía liberal que revirtió la estanflación de los setenta e hizo prosperar, entre otros, a estadounidenses, ingleses, estonios, irlandeses y chilenos.

Desde luego, también hay críticas honestas que hacer a los postulados de Milton Friedman. Su concepción antropológica, por ejemplo, exime a la ciencia económica de los juicios de valor y la hace respaldar el positivismo weberiano, algo que puede discutirse a la luz de ciertos resultados observables en los sistemas económicos occidentales. Sin embargo, su coherente rechazo al intervencionismo estatal se mantiene vigente y brilla en esos chispeantes debates que de él puede disfrutarse en YouTube. "Si uno se gasta su propio dinero en uno mismo", explicaba con simpleza, "uno se preocupa mucho de cuánto se gasta y de cómo se lo gasta; pero si uno se gasta en otros el dinero que no es de uno, se preocupará muy poco por cuánto se gasta o por cómo se gasta. Pues bien, eso es lo que hace el gobierno con nuestro dinero".

El pasado 16 de noviembre se cumplieron 15 años del fallecimiento de Milton Friedman, quien solía decir que el activo más importante en la macroeconomía no son las divisas sino el sentido común. Por eso hoy estaría muy entusiasmado con el aparecimiento de las criptomonedas (que de alguna manera predijo), pero absolutamente en contra de los gobiernos que la impusieran a sus ciudadanos. Sin libertad de elegir, no hay libertad en absoluto.

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