Recordando a Neruda en clave política salvadoreña

El 1 de marzo recién pasado la ciudadanía electora volvió a enviarles una señal de buen juicio a las fuerzas en contienda: ya es hora más que sobrada de que encaren la problemática nacional en forma directa, suficiente y responsable.
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Una de las características más deplorables de esta era que se abrió en el país luego de que concluyera el conflicto bélico, allá en enero de 1992, es la falta sistemática de tratamientos adecuados y oportunos a los problemas principales que nuestra sociedad enfrenta y padece. Esto hay que recordarlo y repetirlo sin descanso, porque si de algo podemos y debemos estar seguros es de que dicha inercia se vuelve cada vez más perversa y depredadora.

En los primeros tiempos de la posguerra podía haber justificación para no encarar las realidades nacionales con la profundidad debida, porque estábamos dando los primeros pasos en un terreno prácticamente desconocido; pero más de 23 años después ya no puede darse ninguna explicación justificatoria al respecto. Es hora de cambiar de disco, según se dice en lenguaje coloquial.

Es cierto, y también hay que reconocerlo sin ambages, para honrar los avances en el plano de la evolución democratizadora, que si comparamos nuestra práctica política de hoy con la que prevalecía en nuestros pasados sucesivos la diferencia en positivo es notoria. Pero esto no puede servir de escudo para no hacer lo que la realidad demanda por su propia cuenta. Por el contrario, lo ganado es la más apremiante requisitoria para seguir adelante, haciendo las cosas de manera cada vez mejor.

Acabamos de tener una prueba viva de ello: los trastornos surgidos en la fase de definiciones de la elección municipal y legislativa que se realizó el 1 de marzo han levantado mucho descontento, justamente porque la ciudadanía ya no admite ni siquiera amagos de retroceso. Que todas las fuerzas nacionales tengan esto en debida cuenta

Y entre las fuerzas nacionales, las primeras llamadas a dar el buen ejemplo de la cordura y de la diligencia son las fuerzas políticas, que parece que se hacen cada día las disimuladas ante su principal responsabilidad: ser la vanguardia del proceso, porque a ellas les corresponde liderar la buena marcha de la realidad desde las diferentes posiciones estatales. No se trata sólo de ganar espacios dentro de las estructuras del aparato gubernamental: hay que asegurar el comportamiento adecuado desde los espacios ganados.

Y aquí hay que precisar un término, democráticamente hablando: el término “ganar”. En la democracia práctica, donde todo es relativo por naturaleza, nadie puede ganarlo todo ni nadie puede perderlo todo. Lo que impera en una democracia bien vivida es el juego de pesos y contrapesos. Y si esto no ocurre, se paga muy caro, aun en lo que toca a aquéllos que en un momento determinado puedan considerarse ganadores.

El 1 de marzo recién pasado la ciudadanía electora volvió a enviarles una señal de buen juicio a las fuerzas en contienda: ya es hora más que sobrada de que encaren la problemática nacional en forma directa, suficiente y responsable. No le dio a ninguno de los contendientes la llave para abrir candados por su sola cuenta. Puede haber, como de seguro ocurrirá, el juego de siempre: construir la mayoría simple por medio de arreglos de interés partidario; pero las grandes decisiones son cada vez más dependientes del acercamiento idóneo entre los que siempre parecen enfrentados: los partidos grandes, a los que el electorado les viene recordando cada vez que hay urnas abiertas que son grandes pero no todopoderosos. Tienen que pasar de las palabras, y sobre todo de las malas palabras, a los hechos, y sobre todo a los hechos verificables.

Dicen que la voz del pueblo es la voz de Dios. Bueno no tenemos que llegar a tanto: basta con aceptar que la voz del pueblo es la voz de la razón histórica. Los dos partidos políticos principales desde el mismo inicio de la posguerra –el FMLN y ARENA— tuvieron origen cronológico perfectamente coincidente, y a lo largo del tiempo han seguido caminando a la par, haciendo esfuerzos cada vez más difíciles para mantener al menos una caricatura de las viejas imágenes bélicas. Es hora de que relean en clave ilustrativa el clásico verso nerudiano: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Y a partir de ahí, empezar a depurar sus diferencias, que es natural y sano que existan, pero ya no como explosivos en un imaginario campo de batalla.

La realidad espera, hasta cierto punto. La impaciencia de la realidad es cada vez más notoria e inocultable. Y la voz espontánea de la realidad la tiene la ciudadanía, que es el soberano representado. Atender los signos del fenómeno real es lo que todos tenemos que hacer, en nuestras respectivas dimensiones, tanto personales como colectivas. Sin excusas ni pretextos.

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