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Recordando a Romero

El 24 de marzo de este año se celebró el 37.º aniversario del martirio de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
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Con su reciente beatificación (mayo de 2015) su figura está ahora más viva que nunca. Y en ese contexto, se han generado hechos recientes que vale la pena comentar. Por una parte, una delegación de la Iglesia católica salvadoreña fue a visitar al papa Francisco, para presentar un nuevo milagro de Romero y conocer de primera mano cómo va el proceso de canonización. Y por otra, aquí en nuestro país, tres organizaciones de derechos humanos, incluyendo abogados de Tutela Legal de la Iglesia católica, han pedido al Juzgado Cuarto de Instrucción de San Salvador que se reabra el caso penal en contra de los autores materiales e intelectuales del asesinato de Monseñor Romero. Esto ha sido posible, por la anulación de la Ley de Amnistía, por parte de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.

Como siempre que se reviven hechos de sangre provocados durante el conflicto, hablar del asesinato de Monseñor Romero reaviva los ánimos de que se sepa la verdad y se haga justicia en muchos católicos y cristianos. Y provoca cierto malestar en sectores políticos conservadores, pues se ha señalado como responsable del asesinato de Monseñor al fundador del principal partido de derecha. También están entre los que participaron directamente en el conflicto, los que proceden a atacar la figura del beato Romero, tratando así de disimular su responsabilidad; y los que intentan utilizar su figura, creyendo que pueden convertirla en su bandera política. Pero recordemos que durante el conflicto, Romero estuvo al lado de los pobres, de su feligresía. Y criticó por la utilización de la violencia, tanto a Gobierno y Fuerza Armada, como a la guerrilla. Aunque fue más duro con el régimen, porque siempre el uso indiscriminado de la violencia desde el Estado tiene cuantitativa y cualitativamente mucha más fuerza destructiva.

De su compromiso con la doctrina de la Iglesia fui testigo; pues unos meses antes de que lo mataran (en el año 79) fui a visitarlo al Seminario San José de la Montaña. Le recordé que siendo niño lo había conocido en la Catedral de San Miguel, y le conté mi pertenencia a la dirección del ERP. Él, expresamente, me dijo que estaba en total desacuerdo con la violencia del Gobierno y con la violencia revolucionaria. La Iglesia católica ya ha disipado toda duda de esto, al beatificarlo. Y, ante la visita al Vaticano de representantes de la Iglesia católica salvadoreña, el papa Francisco dijo sobre su martirio: “Una vez muerto, fue difamado, calumniado, ensuciado... Es lindo verlo así, un hombre que sigue siendo mártir. Después de haber dado su vida siguió dándola, dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias”.

Pero también es justo decir que los ataques a Monseñor Romero desde la derecha son cada vez menos. Porque muchos han comprendido que su asesinato, como el de miles de salvadoreños, se dio en medio de la locura de la guerra. Que es una figura universal, que está por encima de los mezquinos intereses políticos partidarios. Y que en el actual contexto político polarizado, su martirio debería servir para unirnos, como él lo habría deseado.
 

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