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Recordando a los héroes

A las 4 horas y 30 minutos del 29 de agosto de 1865, en el cementerio general de nuestra capital, los fogones de varios cañones rugieron en contra de su voluntad, para darle muerte al que, para algunos
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A las 4 horas y 30 minutos del 29 de agosto de 1865, en el cementerio general de nuestra capital, los fogones de varios cañones rugieron en contra de su voluntad, para darle muerte al que, para algunos, es un héroe creado por necesidad de época, para otros para elevar al paladín salvadoreño y para otros, como yo, para callar al poeta enamorado de las salvadoreñas y de El Salvador; a esa hora previo al grito de “Calvareños a la muerte me conducen” Barrios caminaba al patíbulo, por una sentencia infame, que firmó un amante dolido, asesinando a un general, charreteras desgarradas, en el solitario corazón de un pueblo lejano.

Ese hombre llamado José Gerardo Barrios Espinoza es uno de los más polémicos y míticos salvadoreños, admirado por extranjeros, amado y odiado por propios, quien permitió que aflorara el verdadero salvadoreño, ese salvadoreño que mata al que trabaja, porque al mediocre no se le dio la gana trabajar; ese defecto no es legado extranjero, es una costumbre del “crítico salvadoreño” ante el verdadero nacionalista; esa misma circunstancia que llevó al asesinato de Gerardo Barrios es el mismo que motivó al de Monseñor Romero, a la matanza de campesinos y al entierro de frases alentadoras, es decir, que en nuestro país muere el que pretende conquistar las letras para su propia familia, para su hogar.

Algunos, en la actualidad, se han querido presentar como los nuevos hacedores de justicia, llamándose perseguidos o enjuiciados injustamente, déjenme decirles que quien se rasga las vestimentas es un fariseo, porque el que ama su trabajo lo calla, a tal grado que a los ataques de otros simplemente se tira al suelo, luego se sacude el polvo y vuelve a la carga.

El juicio de Barrios es una de las más grandes atrocidades del sistema judicial salvadoreño, tan malo, que el resguardo de esas páginas históricas está mal guardado, provocando que se olviden; sin embargo, los que las hemos investigado sabemos que lo que se oculta es la elaboración de pruebas, con las que condenó a muerte a un inocente. En estos días a muchos se les está acusando de juicios con pruebas prefabricadas, procesos que en el alma del cuscatleco simple ya tienen condena y otros simplemente se han enfermado a causa de la avalancha que han provocado. ¿Quién de nosotros se atreve a lanzar la primera piedra? Para este caso, es un alud, porque según la popularidad, allí ha comenzado el desenmascarar al que hay que desenmascarar.

La osada cruzada que ha iniciado nuestro fiscal general es un proceso que la historia salvadoreña ha demandado por años; sin embargo, no puede estar completa si no es hasta que por el peso de la justicia y la legalidad los hechores paguen fielmente el daño que ha sufrido nuestro amado El Salvador. No podemos rechazar ni aplaudir los juicios que se están dando, porque debemos otorgar el beneficio de la inocencia y al mismo tiempo, tenemos que apoyar las investigaciones científicas y profesionales que se hacen, para que cuando nuestros nietos investiguen nuestra historia para sus hijos, sean ellos quienes determinen cuáles fueron los errores y los aciertos, a quiénes se juzgó con emotividad y a quiénes con justicia.

El último héroe salvadoreño murió hace 36 años, a otro lo olvidamos en su muerte, porque para muchos es mejor enterrar a los héroes que recordarlos.

Que se juzgue, pero que se haga por amor a El Salvador.

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