Recordando a un gigante

Hace un año se nos fue un gigante. Quienes tuvimos la suerte de conocer al expresidente Flores sabíamos que sin duda era una de las personas más extraordinarias que habríamos de conocer.
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Tenía no más de 11 años cuando conocí a Paco por primera vez, mientras daba un inspirador discurso en la Bahía de Jiquilisco frente a una gran multitud. Al finalizar, el presidente Flores accedió a tomarse una foto conmigo, un jovencito cuya cámara instantánea de color verde casi excedía el tamaño de su cabeza. En esa oportunidad él me dejó en esa foto no solo el recuerdo de un presidente sencillo y cercano a la gente, sino implantó en mí el deseo de liderar una vida de servicio hacia una nación –y a una humanidad– que está en gran necesidad de transformarse.

Paco nos enseñó por medio de sus acciones y palabras que en los momentos de adversidad es cuando más resaltan nuestras fortalezas. Nos recordó en el terremoto de 2001 que solo hay un bando de salvadoreños; el solidario, el trabajador, el animoso, el soñador. Y mientras atravesábamos la realidad de un país destruido, al escuchar la canción “Color Esperanza”, Paco logró movilizar la bondad que nos caracteriza como salvadoreños para levantarnos sin la más pequeña duda que este país valía la pena y que el mejor día para trabajar y cambiar nuestra realidad es hoy.

El expresidente amó a este pueblo, a sus jóvenes, y a sus ancianos, a los más necesitados. Recorrió cada esquina de este “pulgarcito”; atravesó sus majestuosos atardeceres y volcanes buscando comprender cómo en un país con tanta belleza había tanta miseria y desigualdad. Y si lograba entender esta realidad, quizás se le concedería el máximo honor que a cualquier ciudadano se le pudiera otorgar en su patria: ser portador de la voz y la voluntad de un pueblo, quien en libertad, lo escogió como su máximo representante.

Cada generación ha tenido que enfrentar sus propios retos. Hoy, El Salvador no está devastado por un desastre natural, sino por un escenario donde predomina la violencia y la polarización. El salvadoreño necesita recuperar la capacidad de soñar, y que esta sirva como motor para edificar, a través de cada acción, una paz que perdure con el tiempo. Debemos estar convencidos de que este país y su futuro valen la pena. Maestros como Paco nos recuerdan que aunque este país sea pequeño, debe de estar lleno de sueños y aspiraciones que excedan su mismo tamaño. Que si bien hoy El Salvador es conocido afuera por su violencia, mañana puede ser aclamado por su resiliencia y su capacidad de verse transformado. Este pequeño y hermoso país puede y debe ser un ejemplo de reconciliación para el mundo.

Paco será siempre recordado como el mejor embajador ante el mundo que este país tuvo en su historia. Y honraremos en vida la trayectoria de un gigante que amó y dio hasta su último suspiro por la libertad.

¡Hasta siempre, Paco!

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