Recordando una vez más a mi maestro Goulding

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre; pero yo voy un poco más allá: estoy convencido, por experiencia, de que el perro es uno de los mejores maestros del hombre.
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La pasada semana publiqué en este mismo espacio un texto sobre una realidad que para mí, a lo largo de la vida, se ha venido haciendo cada vez más evidente: que todos aprendemos de todos. Y de pronto, al releer dicho texto en letra impresa, se me ha venido a la conciencia una imagen que el tiempo es incapaz de borrar. Me quedo inmóvil, rememorando imágenes, que es lo que hacemos cuando empieza a funcionar el proyector de la memoria, y una de las primeras que aparecen es tan entrañable que me deja la garganta en silencio y los ojos húmedos. Sí, ahí está él, impecablemente señorial como siempre, observando cada uno de mis movimientos y mis reacciones. Me levanto a tomar uno de mis volúmenes publicados, “El Libro Blanco”. Busco en el índice. Aquí está. Una breve prosa publicada en LPG el 10 de abril de 1996. Leo.

“MI MAESTRO GOULDING. Goulding, mi perro pastor alemán de 10 meses, está junto a mí observándome con sus ojos inteligentes, en los que aparece con frecuencia el brillo de una pregunta. Este es Goulding II, porque Goulding I murió el 21 de abril del año pasado, y está enterrado en un pequeño promontorio natural, en Santa Fe de Los Naranjos, donde el aire es un juego de las nubes y la luz un milagro del espacio.

Goulding se llama así en homenaje a un gran señor, que nos ayudó mucho en la definición del cese del enfrentamiento armado. Cuando el flemático Marrack Goulding supo que era tocayo de un pastor alemán color negro amarillo, sonrió con algo que yo interpreté como una amable comprensión. Homenajes así no se hacen todos los días.

Mi pastor Goulding tiene lo que ya quisieran muchos: una vibrante personalidad y un atento señorío. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre; pero yo voy un poco más allá: estoy convencido, por experiencia, de que el perro es uno de los mejores maestros del hombre.

En primer término, un perro nos enseña a no perturbar la uniformidad del sentimiento con la volubilidad del instante. Un perro nunca cambia de gesto, nunca se envenena de amor propio, nunca falsea las actitudes; a veces se retrae un momento, pero no guarda rencor. Los humanos, en cambio, somos descontentadizos, proclives a la frustración y cambiantes por naturaleza.

Emocionalmente, ¿dónde está nuestra superioridad? Como todos mis semejantes, me hago con facilidad a la idea de que yo estoy enseñándole a mi perro las normas de la disciplina. Lo que he comenzado a comprender es que, en el proceso, él me está enseñando las reglas básicas de la afectuosa confianza, del trato fino e invariable. Como humano que soy, me creo parte de la realeza de las especies. Por supuesto, es una fantasía, que Goulding se encarga de señalarme, de vez en cuando, con un indiscreto ladrido. 10 de abril de 1996.”

Sé que muchos dirán que un tema tan personal como éste no debería ocupar el puesto de otras reflexiones sobre la vida nacional, tan cargada de cuestiones espinosas y de densos conflictos por resolver. Sí, puede ser cierto; pero hay que tener en cuenta también que ninguna problemática, por espinosa y acuciante que sea, puede hacer que desaparezca la dimensión puramente humana de la vida. Somos seres de intelecto y de alma, de interioridad y de entornos, de esencias sutiles y de cáscaras rugosas, de aspiración y de inspiración.

Y lo que somos se configura con lo que sentimos, con lo que pensamos, con lo que experimentamos. Quizás el desentendernos de la dimensión puramente existencial, con todos sus destellos y penumbras, es lo que más nos inhabilita para funcionar humanamente como se debe.

Buena parte de los trastornos del presente derivan de que los seres humanos nos hemos declarado enemigos gratuitos de la Naturaleza, de la que sin duda formamos parte. Es como ser enemigos de nuestro propio ser. No puede haber paradoja más desquiciante. Para reponer la armonía global tenemos que reconciliarnos con todo lo que nos rodea, en primer lugar con nuestros semejantes, pero también con los otros seres animados y con los aparentemente inanimados. Ese árbol que está ahí, enfrente, es un ser vivo, que tiene sustancia e identidad propias. No reconocerlo es una forma de autismo imposibilitante. Mi maestro Goulding estuvo en este mundo hasta 2006; es decir, durante diez años posteriores al pequeño artículo en el que agradecidamente reconocí su servicio animador. No era una mascota, como superficialmente se dice. Era un personaje de notable sabiduría natural. No sólo los perros pueden cumplir esa misión. A su respectiva manera, también los pájaros, las ardillas, los insectos… Tenemos la suerte de vivir entre presencias vivas, entre luces compartibles.

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  • Maestro Goulding
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