Recurso importante: el deporte

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La sociedad le reconoce al deporte su influencia formativa, su función moldeadora de la personalidad, aunque la realidad le incorpora otros conceptos.

Espigando en ese tema, todo apunta a muchos beneficios: solidariza, impulsa el desarrollo motriz, disciplina, fortalece valores, con mejor efecto cuando sus conductores son personas de vocación y servicio, no sujetas a una obligación remunerada o con el propósito de generar imagen, aunque muchos lo consideren un trabajo más.

Nuestro ánimo persigue realzar a personas y agrupaciones particulares, que, sacrificadamente y, algunas sin recursos económicos, forjan jugadores en cualquier lugar disponible.

Los programas de escritorio, de contenido comprimido, eventos exprés agendados estatalmente, no tienen el valor, la dinamia, el aporte anónimo de lo voluntario.

Tenemos buenos recuerdos del trabajo realizado durante años por la Escuela Superior de Educación Física y la experiencia de sus egresados. Asimismo, de la época cuando las escuelas, o al menos circuitos, tenían su profesor de deportes.

Como muestra del trabajo desinteresado, nunca se valorizó la obra de Víctor Manuel “el Viejo” Piche en las canchas del ex Polvorín Nacional. Todos los días cumplía su ritual. Cargaba una red con balones sin que sus dolencias crónicas le hicieran desistir. Para él no hubo reconocimientos de salón.

Por qué decimos que el deporte no ha tenido la importancia en lo contemporáneo. Se necesita mayor sintonía entre el INDES, Comité Olímpico y federaciones para elegir y presupuestar la actividad de los atletas, acorde a méritos y posibilidades. Ello, por supuesto, sin descuidar el trabajo departamental y la extracción de valores. La descentralización debe aumentarse.

Ante la desalentadora actuación de las selecciones de fútbol, en sus rangos de edad, hay que hacer una reingeniería desde abajo. Urge un plan maestro, masivo, incluyente, que esté insertado en las actuales medidas para alejar a los jóvenes de la delincuencia. Esa motivación es innegable. Un balón, un rectángulo polvoso e improvisados palos, bastan para cumplir una misión, un efecto de imán, para edades en riesgo.

Históricamente, esta actividad ha aplacado odios, como lo fue el partido en Sudáfrica, en un ambiente racista, el cual dio paso a una etapa de paz. Mandela era líder opositor. Algo similar ocurre al hacer correr una pelota entre reclusos de un penal; durante el evento se olvidan antagonismos.

Nadie objeta la predisposición del ser humano por el juego. Llena espacios, fraterniza, atenúa etapas difíciles. Lamentablemente, distorsiones sociales lo han conducido por otras veredas. A veces, deporte y turismo se benefician mutuamente. Hace años fuimos sede de un Campeonato Mundial de Softbol Femenino y tenemos a las puertas un Panamericano de Levantamiento de Pesas –rama laureada– con la intervención de 27 países.

Incluir el deporte en los planes presentes influirá en las conductas, en las actitudes, pero también contrarresta la negativa percepción de país violento como nos etiqueta el mundo. Armemos a la población, pero con elementos que pacifiquen y reviertan el daño causado a los tejidos sociales de El Salvador.

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