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Eso equivaldría a prostituir totalmente la noción representativa de la política, a reducir los procesos electorales a algo tan inane como una encuesta en Twitter.

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Cristian Villalta

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Boquiabiertos por el método de trabajo de Nayib Bukele, los analistas políticos cuscatlecos reparan poco en la estrategia de su proyecto político. No es una nimiedad, estamos hablando de la agenda de trabajo del presidente electo de la República de El Salvador.

Bukele no tiene "copyright" de ese método, novedoso en sus herramientas pero de viejo cuño y repetido en decenas de democracias en este siglo y en el pasado. Por herramientas no me refiero al Facebook ni al Instagram, sino a la simplificación, a la generalización y a la desacreditación. Echando mano a esas técnicas del discurso, y multiplicando su penetración gracias a una quirúrgica inversión en redes sociales, ha puesto en jaque a sus contendientes políticos, que siguen creyendo que el campo de batalla en el que deben hacerle contrapeso es ideológico.

Una vez concluida la campaña y electo el presidente es una lástima que un apreciado sector de los opinadores políticos continúe elogiando su uso propagandístico de las redes sociales y afirmando temerario que lo digital mata al territorio. Son líneas de análisis pretenciosas, oportunistas y desgraciadas: la partidocracia ha sido suficientemente estéril como para validar ahora la posibilidad que un ciudadano aspire a un cargo de elección popular sin tener contacto con los ciudadanos. Eso equivaldría a prostituir totalmente la noción representativa de la política, a reducir los procesos electorales a algo tan inane como una encuesta en Twitter sin ponderar la utilidad del debate, inalienable en una democracia.

Bukele simplifica consistentemente, y lo hace con definiciones asimétricas. De ahí que la lista de sus contrincantes sea borrosa pero que en ella quepa de todo, particularmente "los mismos de siempre", mientras que él lidera un "nosotros" igual de difuso en el que cabe de todo, hasta un oportunamente anónimo Guillermo Gallegos.

Un efecto de esos modos en su comunicación personal es que despierta fácilmente las emociones de su grey, y el término no es aleatorio. Es él quien etiqueta a funcionarios e instituciones, marcando la temperatura de lo que su corte digital hará acto seguido. En la última semana, a propósito de la pretensión legislativa de construir un oneroso edificio, el futuro jefe del Ejecutivo atacó frontalmente no solo al presidente de la Asamblea sino a las dos fuerzas mayoritarias en el Salón Azul.

Fue una reedición de sus manierismos de la campaña, recurriendo a su técnica argumentativa primaria: generalizar los rasgos más groseros de la política cuscacriolla y atribuírselos automáticamente a todos aquellos diputados que respaldaran el destino original de los $32 millones, por un lado; y anular ad hominem cualquiera de los argumentos de Quijano sobre la pretensión de nuevas instalaciones, por el otro.

En su ruta hacia las urnas, era fácil de entender que el candidato de GANA recurriera a esta estrategia. Técnicamente era posible, tácticamente a sus gurús les pareció necesario recrear un país maniqueo y sembrar la ilusión de que con su victoria el país será como nunca porque ya no lo gobernarían los de siempre. La ausencia de debate fue lamentable pero, bueno, como decía Héctor Silva "puedes fingir ser cualquier cosa menos demócrata".

Lo que ustedes quieran. Hasta los insultos. Pero semanas después de la elección, ¿por qué es necesario echar mano del mismo método? ¿Qué acaso la estrategia no era solo electoral? Como el más subversivo de los candidatos (difícil no la tenía...), su crítica al orden contralor y político era comprensible; como inminente primer funcionario confiemos que sus dichos de febrero sean solo remanente de la victoria y no una estrategia de debilitamiento de las instituciones, y que la sociedad civil no caiga en esas redes.

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