¡Reempoderémonos, ciudadanos!

Actualmente existe una verdad aceptada por toda la población salvadoreña: el poder. Como concepto teórico, como herramienta para gobernar y como atribución del soberano, tiene una naturaleza irrefutablemente economicista.
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El poder se entiende como aquel objeto metafísico –por contradictorio que suene– que se delega, que se acumula y que se utiliza en el mejor de los casos para procurar el beneficio general de la población. Esta concepción es utilizada mayoritariamente por las corrientes de pensamiento político de derechas.

Por otro lado, las izquierdas se encuentran cómodas entendiendo al poder como aquella fuente de represión en el plano de la superestructura, el cual tiene como único objetivo defender los intereses económicos estructurales de las clases que lo ejercen, y que, por lo tanto, se entiende que son las clases dominantes en la sociedad.

Como se puede observar, ambos abordajes son economicistas. Uno entendiendo al poder como aquel objeto que se puede acumular y el otro entendiéndolo como la herramienta al servicio de los intereses económicos.

Ahora bien, como ciudadanos, entender el poder de esta forma y caer en el discurso de uno u otro ha conllevado a restar nuestras verdaderas capacidades de producir transformaciones en El Salvador. Para fortalecer el proceso de reempoderamiento de la ciudadanía, el cual creo que ya inició, tenemos que romper con estas visiones aceptadas del poder.

En este sentido, el poder lo podemos considerar como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social, en lugar de aquella clásica instancia negativa que tiene como función reprimir o controlar.

El poder entendido como la creación metafísica que solo existe cuando se ejerce, sustituyendo la visión de una estructura vertical, donde sirve como herramienta de dominación de unos sobre otros, e instaurando una red compleja de líneas entre todos los miembros de una sociedad.

Donde cada miembro está unido a los demás a través de una red de hilos que terminan construyendo un tejido de relaciones superpuestas –verticales, horizontales y diagonales– y donde aquellos que en teoría “detentan el poder” lo único que hacen es ejercer una fuerza acentuada sobre esas líneas que los conectan con los demás. Pero la ventaja de estar conectado es que también podemos jalar de regreso.

Como ciudadanos, es nuestro deber retomar el rol de ser polos de fuerza en esta red y no solo sujetos. Esto será posible a través de la transformación del discurso de cómo se entienden el poder y las acciones concretas que demuestren su naturaleza relacional.

Se avecina un “rally” electoral en nuestro país, y esto ya está demandando activismo, visión crítica y rendición de cuentas. Así que los invito a que dejemos de pensar de manera tradicional y aceptemos la realidad tal cual está, por muy cómodo que parezca, y empecemos a ser unos salvadoreños disruptivos.

Así como los actuales aspirantes a candidatos a diputados no partidarios, los cuales aun teniendo muchos factores en su contra, no se conforman con el statu quo. Apoyar esta valentía es un deber para todos nosotros, que creemos que todavía se puede hacer algo con nuestro país.

Cuando la vida te pone al límite y la historia lo demanda, es necesario dar un salto de fe antes de poder dar el primer paso con seguridad. La política y el ejercicio del poder son elementos de la vida social demasiado importantes para dejarla solo en las manos de los políticos profesionales, y ahora los ciudadanos lo saben.
 

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