Reflexión esperanzada

En ninguna época anterior el mundo ha estado como ahora tan abierto a reconocerse como tal; es decir, en su condición de escenario donde la pluralidad humana puede manifestarse a sus anchas.
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Pero, desde luego, las múltiples aperturas del presente se topan a cada paso con las resistencias que les pone nuestra misma naturaleza. Todo hace ver y sentir –y así ha sido desde siempre– que los humanos estamos en guerra con nuestro propio ser, y eso hace que la armonía, tan necesaria como respirar, sea una atribulada planta de invernadero. Peleamos por todo, hasta por la imagen de Dios. Nos enemistamos por todo, como si guerrear le diera sentido a la vida. Somos presas fáciles de la frustración, de la cólera y del desaliento, hasta haber convertido tales distorsiones en prácticas casi idealizadas. De seguro necesitamos un autotratamiento virtuoso de proporciones universales, que sería algo así como la globalización de la conciencia que recupera su función restauradora, en auténtica clave de liberación. El mundo necesita una urgente limpieza de todas las negatividades acumuladas. La fe serena y responsable es vital en este propósito. Empecemos por comportarnos ante Dios como amorosos y cooperativos hijos adultos, dejando de querer ser los eternos hijos de dominio.

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