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Reflexiones al gusto del cliente

En los últimos días, en las últimas semanas, en el último mes han pasado cosas importantes en nuestro entorno.
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 Murió Hugo Chávez, renunció Benedicto XVI, eligieron un papa latinoamericano y jesuita, inició el juicio contra Ríos Montt y el genocidio guatemalteco, los diputados siguieron gastando miles de dólares en viajes, aprobaron el presupuesto para elecciones y hay un nuevo conflicto entre la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia y la Asamblea Legislativa, al grado que uno siente que van a tener que volver a buscar cerrajero (como en la CSJ) para que el presidente de la CCR tome posesión.

Pero en medio de todo esto, me encontré con el texto de Séptimo Sentido que se publica justamente este día. Leí la historia de Karla González, una empleada con un salario mínimo de $224, con la que el periodista Ronald Portillo trató de retratar lo que implica vivir con el salario mínimo. Pero no solo ella, sino ella, su esposo, sus tres hijas, sus tres hijastras y dos personas más.

Y entonces uno entiende que al menos el 80 % de las noticias que están en el primer párrafo parece ecos de silencio.

Y si vamos más allá, la de la historia es privilegiada, tiene su trabajo, hay miles más que no lo tienen.

Si nos referimos a los políticos, no creo que ninguno tenga siquiera una idea cercana de lo que es darle de comer a 1o personas, en un mes, con $200. No lo creo porque gastan $3,670 en un viaje a Las Vegas, que si se compra con tiempo, aún en temporada alta, vale como mucho $1,000 (y sé que exagero).

Indigna porque la brecha es demasiado grande, porque se nos olvida esa gente o la ignoramos. Porque en la vida real no los vemos y mucho menos los apoyamos. Porque es desastroso cómo desperdiciamos la comida y los demás recursos con los que contamos.

Para esta familia es un lujo comer un pan dulce, tomar leche y ni siquiera pensar en comer carne. Y el resto nos quejamos de cosas que comparadas a su realidad son una burla.

Obviamente no podemos cambiar cada historia y la necesidad de quienes nos rodean, pero podemos ser más justos y más consecuentes con lo que tenemos.

A mí el texto sí me golpeó, sobre todo por esos pensamientos que se vienen a la cabeza: “Si apenas 10 % le van a aumentar al salario mínimo”.

Cuando uno lo ve de cerca, nota que la diferencia entre tener $20 más o no puede ser la comida de la semana para 10 personas (incluidas seis niñas). Y entonces cobra otro sentido.

Creo que todos deberíamos reflexionar un poco más, por principio, por solidaridad, porque si es católico probablemente esta Semana Santa es el momento de poner en acción lo que predica y no dejarlo en palabras –u oraciones– que se lleva el viento.

Vea a su entorno a quién tiene al lado y a quién puede ayudar. Probablemente, como Karla, el que le ayuda en casa, el que le cuida a su hijo, el que le corta la grama o cualquier otro ayudante solo tiene en la bolsa lo del bus o lo del desayuno o nada.

Karla amaneció, a dos días de su fecha de pago, con $0.85 en la bolsa. No había más comida en casa y no había para los pasajes, en los que a diario gasta $0.60.

Entonces uno hace cuentas y piensa que a veces vemos como insignificante lo que para otro puede resultar en un tesoro.

Quizá es un buen momento –y un buen texto– para asumir que algo tengo y puedo hacer. Solo para sacudirnos un poco del pedestal en el que a veces nos colocamos y ayudar con poco o mucho a alguien más y descubrir que mi queja está sobrevalorada.

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