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Reflexiones sobre la vulnerabilidad de nuestra democracia

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José A. Retana

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Luego de la triste arremetida protagonizada por el señor presidente de la República contra el órgano legislativo y el mensaje de menosprecio hacia el órgano judicial, volvimos a abrazar la incertidumbre y el temor de prolongar el estancamiento arrastrado durante la última década. A muchos, nos cuesta digerir la inocencia que nos llevó a asegurar que no era posible la existencia de un gobierno que fuera más peligroso que sus dos antecesores. Necesitamos creer que no será así...

Retrocediendo a nuestro recorrido histórico, especialmente el período que antecedió a los acuerdos de paz, encontramos momentos tan vergonzosos, que entre armas y prepotencia nos llevaron a una de las épocas más oscuras de nuestra historia reciente. Sin embargo, recordar las duras lecciones que en distintos momentos hemos recibido y no asimilar que es mucho más costoso y complicado corregir errores, parece tan difícil. Tal es así, que continuamos tropezando, creyendo en lo que parece fácil, confundiendo rebeldía y malcriadeza con heroísmo. Continuamos tomando atol con el dedo.

Convivir con un gobierno obsesionado con la destrucción de la institucionalidad no es conveniente, agrava la polarización heredada desde la guerra fría y genera ansias de sacrificios, como en nuestra era precolombina. Nuestra gente parece embobada y encaminada a renunciar a la democracia a cambio de un modelo incierto, espontáneo y autoritario.

Los quince años de corrupción que anteceden al actual gobierno no pueden esconderse; la fuerza y respaldo que muchos sentían a través de sus partidos políticos se redujo y la respuesta a esta verdad está ahora en Casa Presidencial haciendo de su gestión un juego de tronos.

Nuestro país necesita recuperar la conciencia cívica como un inobjetable valor para defender la república y mantener la libertad que nos permite el ejercicio de nuestros derechos; necesitamos madurez y responsabilidad para cumplir con las leyes vigentes, una visión analítica y justa que facilite la convivencia democrática en función del bienestar nacional.

La existencia de contradicciones es una realidad, las normas que hemos constituido permiten enfrentar los conflictos que de esas contradicciones se derivan, los límites con que administramos las soluciones son producto del grado de honestidad cívica adquirido y sus resultados inciden directamente en la calidad de nuestra convivencia, más allá de un triunfo político...

Los salvadoreños tenemos variedad de deseos, muchos de ellos contradictorios; por ello, nuestra democracia se fundamenta en un sistema republicano que permiten lidiar dentro de límites establecidos con aquel o aquellos conflictos generados por nuestras mismas contradicciones y cuyo resultado debería ser un acuerdo aceptado por todos como legítimo...

Nuestro futuro pide una transformación en la orientación del liderazgo político, es necesario desplazar las viejas ideas de caudillismo, permitiendo cultivar una cultura democrática que acorte las distancias entre las fuerzas de mayor influencia, antes que buscar su destrucción.

El conocimiento de la verdad lleva a los pueblos a aceptar o descartar alternativas para escoger el rumbo de sus países, es la verdad la que nuevamente debe vencer a la mentira. Hay problemas y muchas soluciones pendientes, pero el mejor acierto será optar por defender el Estado de derecho, la individualidad y la tolerancia. No podemos hincarnos ante una inquisición ideológica que hoy mezcla la divinidad para obtener la solvencia a sus decisiones, alimentar el odio y la redención pública de sus ideas.

Tags:

  • incertidumbre
  • institucionalidad
  • contradicciones
  • sistema republicano
  • caudillismo
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