Remanentes de una historia inconclusa

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A partir de 2002, el 16 de enero de cada año muchos salvadoreños volcamos nuestra energía mental a reflexionar sobre el significado, perspectivas y logros del Acuerdo de Paz. En este ejercicio retrospectivo, lo primero que viene a nuestra memoria es aquel país que idealizamos a partir de la solución civilizada al conflicto armado, para luego pensar en lo que hemos hecho o dejado de hacer a la luz de la realidad que estamos viviendo.

Así, el XXIII aniversario de Chapultepec coincidió con una sensación casi generalizada –que se ha convertido en una constante en el imaginario colectivo– donde los ideales se van desdibujando para dar paso a una especie de desencanto cada vez más contaminante, donde cobra un creciente espacio la desesperanza, en tanto que los logros pasan desapercibidos. Incluso, los avances en el proceso democratizador gestado en 1982 –pero que se hicieron más notorios con el advenimiento de la paz– son con frecuencia desvalorizados u orillados, cuando nuestra cotidianidad sigue marcada por la pobreza y la emergencia de una guerra social, más cruel y despiadada que la que concluyó en 1992.

El haber considerado el Acuerdo de Paz como un fin en sí mismo de hecho nos está pasando ahora una enorme factura, que se agrega infortunadamente a aquella que se cobró la vida de 75,000 seres humanos y dejó como secuela un país virtualmente en ruinas, aunque con grandes esperanzas y sobre todo una experiencia dolorosa que idealmente nunca se repetiría.

Las fuerzas políticas, con mayores espacios para orientar sus energías a reconciliar efectivamente a la sociedad y buscar genuinamente la unidad nacional, sumarse a la construcción de un sistema económico más eficiente, eficaz e incluyente y sobre todo para arraigar la convivencia armoniosa, más bien se fueron por su propio atajo para reivindicar sus propios intereses o conservar privilegios, con la complacencia de otros sectores de poder. La nueva institucionalidad surgida como producto del “Acuerdo”, si bien fue recibida con beneplácito y esperanza por toda la población, ha sido incluso contaminada por el comportamiento procaz del sector político que nunca ha estado a la altura de los desafíos y sacrificios que demandaba el nuevo escenario.

Solo poner en perspectiva los daños que han causado a la institucionalidad democrática del país las arremetidas desde el mal llamado primer órgano del Estado ya da pie para pensar que el reduccionismo y los intereses creados han primado sobre el bien común, la cohesión social y el esfuerzo requerido para construir una sociedad cualitativamente distinta. La delincuencia que nos abate, el estado deprimente de la economía y sobre todo la sensación de que estamos en la ruta de caer un Estado fallido son claras expresiones de que no hemos aprendido de nuestra propia historia. Sin duda hay progresos en varios aspectos, pero los déficits claramente los eclipsan...

Más concretamente, la escalada de la delincuencia, la corrupción generalizada, la impunidad, la descarada arremetida contra el orden establecido, la postración económica y más recientemente el divisionismo y el autoritarismo gestados en el gobierno anterior, forman un patético cuadro que no se avizoraba casi cinco lustros atrás. En este quedan perfectamente reflejados aquellos remanentes que, por acción u omisión, dejamos que cobraran presencia en un país sufrido y ávido de su redención.

Pero en lo personal, y a pesar de mi avanzada edad, sigo aferrado a la idea de que el país sí tiene futuro. Solo basta echar una mirada al pasado, no para señalar responsables sobre el actual estado de cosas, sino para hacer acopio de esa reserva moral que tenemos –y que no la hemos sabido aprovechar– para volcarla en un solo ideal: retomar los presupuestos básicos del Acuerdo de Paz y caminar juntos sabiendo que la senda hacia la transformación integral de la sociedad está y estará marcada por muchos obstáculos, que se tornarán más difíciles de sortear, si las frustraciones de hoy dan paso al inmovilismo perpetúan el comportamiento malsano y reproducen los errores del pasado. Como decía un pensador anónimo: “Ante la adversidad, el compromiso”.

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