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Remesas y deportaciones

Durante muchísimos años, miles de latinoamericanos han encontrado en Estados Unidos un floreciente modo de vivir, pero a partir de 2016 podría tener fin el ciclo de inmigración en ese país, pues los problemas políticos y sociales generados por tal inmigración superan los beneficios que se generan de la misma y así, a partir de 2016 se proyecta poner fin a dicha inmigración.
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Débese considerar que el 4 % de la población de Estados Unidos es ilegal.

El latinoamericano hizo suyo el “sueño americano” pero no en su patria, sino en Estados Unidos y siendo ya imposible continuar la vida en ese país, tendrá que escoger: volver a la tierra nativa o emigrar hacia otras tierras, porque las condiciones sociales de Latinoamérica no permiten el desarrollo humano como en Estados Unidos. La falta de libertades y el estímulo de premio al espíritu emprendedor faltan en Latinoamérica, pero es el que sí han encontrado en Estados Unidos. En Latinoamérica, la prosperidad económica tiene casi únicamente como origen la servidumbre política y no el espíritu emprendedor de la libre empresa.

Existe el consenso, entre Demócratas y Republicanos, de la necesidad de poner fin a la inmigración ilegal. Las propuestas para su efecto van, desde la más radical, que deportaría 11.5 millones de indocumentados en dieciocho meses, hasta la menos dura, que contempla una mezcla de medidas para regularizar a los ilegales: cierre de la frontera y un mínimo de deportaciones. Tales medidas pondrán fin a la emigración hacia Estados Unidos, proceso que fue iniciado desde la fundación del país.

Son mucho más complicados en Estados Unidos los problemas sociales, económicos, políticos y medioambientales, que los mismos en Latinoamérica, pero muchas veces sus problemas quedan ocultos por la extensión de su territorio y por lo diverso de su sociedad, no obstante, existe un sistema de libertades que premia el esfuerzo, la dedicación al trabajo, tanto como al ingenio humano: no hay límite para su capacidad, triunfa todo aquel que posee alguna cualidad sobresaliente: el único límite es la capacidad de trabajo.

Los inmigrantes salvadoreños a Estados Unidos generan el 17 % del PIB, lo cual equivale al 85 % de las exportaciones, incluyendo la maquilera, el 106 % de la inversión extranjera directa y el 92 % del Presupuesto General de la Nación. Por consiguiente puede concluirse que una disminución en las remesas será catastrófico y peor aún, si las deportaciones aumentan. Según estadísticas, han ingresado hasta agosto del presente año 34,575 personas deportadas, pero posiblemente su número es mucho mayor, pues hay muchos que en México niegan su origen y esperan quedar en territorio mexicano.

El problema es que el deportado no puede ingresar a la fuerza laboral salvadoreña, pues esta está saturada. El salvadoreño deportado ya no envía remesas, por lo que deja sin sustento a entre tres a cinco personas, lo que multiplica el problema.

Es de suponer que ante inminentes redadas en Estados Unidos, muchos salvadoreños emigren hacia Canadá, donde existen fuertes asentamientos de salvadoreños, pero las leyes migratorias canadienses son mucho más estrictas que las de Estados Unidos.

La única alternativa que tiene El Salvador es generar el mismo sistema de libertades que hay en Estados Unidos y aprovechar las capacidades adquiridas por nuestros conciudadanos en dicho país.

Sin embargo, lejos de visualizar esta posibilidad, solo se vislumbra más control estatal y municipal, sobre todo, una mayor politización sobre cuestiones eminentemente técnicas de la vida social, que nos alejan de las soluciones prácticas.

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