Repensar El Salvador

El Salvador del siglo XXI se caracteriza por ser una sociedad fracturada, polarizada y violenta. Los siguientes datos lo confirman:
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3 de cada 10 compatriotas residen en el exterior; la aritmética partidaria sigue predominando en las decisiones legislativas; no existe un proyecto de país; 354 mil jóvenes de 15 a 24 años de edad no estudian ni trabajan; los negocios ilícitos tienen cobertura nacional; miles de trabajadores y empleadores son extorsionados; los agentes de seguridad privada crecen desproporcionadamente; se comete, en promedio, un homicidio cada 60 minutos.

Dos fenómenos hacen aún más complejo el contexto nacional anteriormente descrito: (1) el deterioro de la calidad de vida de millones de salvadoreños, y (2) la creciente distancia entre gobernantes y gobernados. Esto quiere decir que hay un desencanto ciudadano y una falta de liderazgo democrático, lo cual contribuye a que miles de compatriotas estén dejando de asociar su proyecto de vida con el futuro de su país y que numerosos padres de familia estén aconsejando a sus hijos a emigrar hacia países desarrollados.

Estas señales sugieren que un alto porcentaje de salvadoreños están dispuestos a abandonar sus lugares de origen. Un rasgo favorable es la solidaridad de la mayoría de compatriotas, la cual se refleja en la dimensión económica de la emigración (las remesas equivalen al 16 % del PIB). Un punto desfavorable es la dimensión psico-social de la emigración (desarraigo, separación familiar y pérdida del sentido de pertenencia). Es decir, la sociedad y familia salvadoreña se están desintegrando y el país pareciera no reaccionar ante semejante proceso.

Al vincular el contenido de los párrafos anteriores con los enfrentamientos que escenifican los partidos políticos, surge la siguiente hipótesis: la polarización ideológica y el desinterés por lograr un entendimiento básico es una ruta equivocada. ¿Por qué? Debido a que está aumentando el número de conciudadanos que desaprueban las operaciones que ponen en riesgo al sistema democrático de libertades, a saber: (1) la lucha partidaria por controlar el aparato estatal, (2) la penetración del crimen organizado en diferentes esferas estatales, y (3) los afanes de irrespetar la independencia de los órganos de gobierno.

Por otra parte, la crítica situación socioeconómica debería ser suficiente para que los tomadores de decisión reaccionaran responsablemente. Una acción inteligente de los gobernantes sería dejarse ayudar de organizaciones de la sociedad civil, asociaciones empresariales y círculo académico. En este sentido, la falta de trabajo productivo y de oportunidades económicas podría ser abordada vía la cooperación pública-privada y así propiciar soluciones viables, efectivas y sostenibles. Al respecto, dos acuerdos podrían alcanzarse en el corto plazo: (1) implementar la localización como una estrategia de país para mejorar el clima de negocios a nivel territorial, y (2) reforzar los mecanismos y programas de apoyo técnico y financiero a la micro, pequeña y mediana empresa en los catorce departamentos.

En conclusión, conviene repensar El Salvador. La forma democrática de hacerlo es a través del diálogo y la participación ciudadana. Esa tarea es titánica pero necesaria para salvar al país. Tres puntos a conciliar serían: (1) aplicar efectivamente la ley para derrotar la corrupción, impunidad y criminalidad; (2) construir un plan de país basado en la igualdad, la educación y el trabajo; y (3) abandonar el cortoplacismo, el centralismo y el asistencialismo.

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  • polarizacion
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