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Resiliencia callejera

La noche lo persiguió hasta alcanzarlo en el portal que está frente a la Plaza Libertad. Allí extendió un cartón y se enroscó como un ser humano que se refugia en el vientre de su madre, a la que aún no ha conocido. Rigo tenía 8 años de edad cuando ella lo desconoció. Aun así, él la amaba.

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La calle se convirtió en su hogar: la que le cuidó, le golpeó, lo levantó, le dio de comer a las buenas y a las malas, conoció sus arterias y venas de asfalto, habitó sus fantasmales casas coloniales donde se refugiaba de los atardeceres que perdían brillo y romanticismo, porque el sol tenía que morir y dar paso a la oscura noche que para Rigo se hacía eterna.

Rigoberto Pineda, su nombre de pila, conoció el rostro más duro de la vida, cuando voló por el mundo de la droga, se casó con las malas compañías y viajó con los buenos amigos que hacen muy bien las cosas malas. El niño se había perdido en el joven que para huir de él mismo se marchó lejos de los suyos.

El niño se convirtió en joven. A pesar de los encierros por pequeños delitos que se convierten en necesarias lecciones para aprender que la vida es como el fondo del mar: misteriosa y maravillosa, nunca perdió la razón.

Cuando se fue de su país conoció a una mujer que descubrió al hombre escondido en el olor a alcohol, drogas y desgracia. A ella, Rigo, la hizo sonreír, le habló de él y le contó la historia más triste de un hijo que aún ama a su madre que lo despidió sin decirle adiós.

Le contó que las cárceles de mala muerte que las autoridades le facilitaban fueron en realidad pequeños cursos para aprender a vivir en el bajo mundo.

Cuando se redescubrió, las manos de Rigo aprendieron a deslizar una envidiable letra de molde, se dejó crecer una barba bien formada que le daba un aire de intelectual de universitario de Stanford de los años sesenta, adquirió un buen gusto por el vestir de acuerdo con las circunstancias y lo convirtieron en un hombre de ventas.

Rigo caminó en la línea indeleble de la vida y la muerte. Un día se hizo padre. Empezó a dar el amor que no recibió. Sus hijos, dos niñas y tres niños, le inspiraron a reescribir su historia con besos, abrazos y buenos consejos. Su camino se fue enderezando poco a poco. Hasta que selló su cambio con una fe inquebrantable en Jesucristo.

Rigo, “el gato” como era conocido, volvió donde su madre, le dijo “te amo”. El perdón y la reconciliación de un amor que nunca dejó de ser también se reinventó. Ahora era un hombre que volvía con nietos y una vida marcada por la esperanza que se alimenta de la fe en Dios y la actitud de revertirla, aunque el tiempo se acorte.

Nació un día de octubre y la muerte lo alcanzó 34 años después de aquella noche, cuando se enroscó a dormir en el portal. Tenía 42 años, el día que la muerte lo alcanzó, esa que lo había perseguido más que a cualquier mortal. Pero lo encontró feliz y satisfecho de haber dejado un linaje distinto del que la vida le había planteado.

Una tarde de octubre, llegaron en carro: uno de El Salvador y cuatro de Guatemala. Eran sus hijos, todos profesionales. Rigo cumplía 30 años de fallecido. Él que había sido una espina para la sociedad le devolvió un jardín de flores multicolores, cuando dejó que Jesucristo regara el jardín de su vida.

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