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Resistencias a la conversión

“A veces encontramos en nuestros corazones resistencias al Señor que son finalmente resistencias a la gracia de Dios. No tengamos miedo cuando cualquiera de nosotros encuentre una resistencia en el corazón”, dijo el papa Francisco en una de sus homilías.
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Hay tres tipos de resistencia: la resistencia de las palabras vacías, la resistencia de las palabras justificadoras y la resistencia de las palabras acusadoras.

Para describir en qué consiste la primera, la resistencia de las palabras vacías, refirámonos a la parábola de los dos hermanos a los que su padre pide ir a la viña: uno dice: voy, padre, pero al final va; el otro dice: sí padre, voy, pero al final no va. Este último dice que sí a todo, muy diplomáticamente, pero en realidad está diciendo ‘no, no, no’.

Tantas buenas palabras: ‘¡sí, sí, sí!’; cambiaremos del todo’. Sí, pero luego no cambia nada, aquel que dice a todo ‘sí’, pero luego es todo ‘no’. Esa es la resistencia de las palabras vacías.

Después tenemos la resistencia de las palabras justificadoras, que se produce cuando una persona se justifica continuamente: siempre hay una razón para oponerse. Esa resistencia de las palabras justificadoras consiste en tratar de justificar mi postura para no seguir aquello que el Señor me pide.

Por último, está la resistencia de las palabras acusadoras: cuando acusamos a los demás sin mirarnos a nosotros mismos. No sentimos que tengamos necesidad de conversión, y así nos resistimos a la gracia de Dios, como queda reflejado en la parábola del fariseo y el publicano:

El fariseo decía al Señor en su oración: te doy gracias porque no soy como los demás... El publicano, en cambio no se atrevía a levantar la cabeza; solo se daba golpes de pecho diciendo: perdóname, Señor, porque soy un pobre pecador. El publicano salió justificado y el fariseo, no.

Estas resistencias ocultas, a las que todos tendemos, siempre aparecen para detener un proceso de conversión.

Se trata de tentaciones que ofrecen una resistencia pasiva, en secreto. Pero también ayudan a madurar en la fe y a consolidar el acercamiento al Señor.

Cuando hay un proceso de cambio en una persona, en una institución, en una familia, a veces dicen: ‘Siento una resistencia...’. ¡Gracias a Dios! Si no hubiera resistencia, no sería de Dios. Porque Dios es muy exigente: pide un verdadero cambio de vida, que no resiste ninguna justificación. Dios lo quiere todo, no se conforma compartiendo.

La resistencia a la gracia es un buen signo porque indica que el Señor está trabajando en nosotros, pero es necesario ir despojándonos de la resistencia para que la gracia avance y así dejar al Señor que transforme nuestro corazón y nos haga todos de Él. En este momento empezamos a avanzar en nuestro caminar hacia el cielo: cada paso que demos para hacer Su Voluntad nos acerca más y más.

Por eso, nuestra actitud ha de ser de docilidad a las mociones del Espíritu Santo, que nos habla a través de la oración personal y de la dirección espiritual, en donde vamos sabiendo si el camino por donde caminamos es el correcto o si debemos rectificar el rumbo.

Pero para ello debemos ser muy obedientes y diligentes en llevar a la práctica esas indicaciones tan precisas que recibimos.

Vamos a pedir a la Madre de Jesús, que también es Madre Nuestra y que nos quiere y nos ayuda siempre, que nos alcance de Su Hijo Santísimo la gracia de no poner dificultades de ningún tipo, de ser fieles a Su Palabra para nuestra santidad y para ayudar a muchas personas.
 

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