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¡Respiración artificial!

Por lo que ha trascendido, el gobierno se siente aliviado –y complacido– por la colocación “exitosa” de bonos por $600 millones en un tiempo récord.
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Muchos lo dudaban por la degradación progresiva de que ha sido objeto el país por las calificadoras de riesgo. Bajo esas condiciones era previsible que el costo del dinero tomado a préstamo fuera más elevado que en el pasado, aunque la tasa inicialmente ofrecida (9 %) descendió a 8.625 %, debido, supuestamente, al “apetito” de los inversionistas por la deuda soberana del país. En el futuro, este rendimiento seguramente será considerado como una especie de piso por los potenciales acreedores, a menos que el país dé un giro de 180 grados en el saneamiento de sus finanzas públicas, lo cual parece difícil en el futuro previsible. Ergo, intereses más altos, más deuda.

Aún más, a juzgar por los compromisos ya vencidos del gobierno y a los que tiene que enfrentarse en el futuro cercano, esos $600 millones inmediatamente cambiarán de manos y una vez más tendrá que acudir a más endeudamiento para hacer frente otra vez a un problema de caja probablemente de mayores dimensiones que en el pasado. Incluso existe el riesgo de que el gobierno no cuente con los recursos de contrapartida que demandan los proyectos financiados parcialmente con recursos externos, ya se trate de organismos financieros o de países amigos. En esta categoría podrían estar los compromisos adquiridos en iniciativas de importancia estratégica como Fomilenio II y la Alianza para la Prosperidad.

Para muchos, este extremo podría estar a la vuelta de la esquina, pero da coraje observar cómo nuestros dirigentes tratan –si es que están conscientes de la gravedad del problema– de eludir sus responsabilidades para endosárselas a terceros. Uno podría entender que los cálculos políticos y el antagonismo salvaje que los acompaña no dan mucho margen ni siquiera para avanzar un ápice en la búsqueda de soluciones que impidan una catástrofe financiera de la que nadie se salvará y que afectaría, sin remedio, a los sectores más vulnerables.

Los constantes llamados de la comunidad internacional y especialmente de nuestro principal donante, para que unamos esfuerzos y voluntades en bien del país, siempre caen en saco roto, sin obviar sus preocupaciones en torno “a dónde está el dinero”, que lleva la impronta, cada vez menos subliminal, de atacar sin cuartel la corrupción campante. Muchos le damos la razón a la señora embajadora cuando insinúa que no es justo que los contribuyentes de su país lleven sobre sus espaldas el gran peso de nuestra proverbial irresponsabilidad. El saqueo de que han sido objeto las arcas nacionales, mientras se expanden los lacerantes cuadros de pobreza, también enardece a la ciudadanía honrada.

Es más, en mi poca experiencia sobre las relaciones entre gobiernos y organismos internacionales, nunca observé una preocupación mayor y una disposición tan abierta a ayudar, como la que se le está dispensando a El Salvador. Misiones van, misiones vienen y sus interlocutores no parecen entender el lío en que estamos metidos, sin desconocer, por supuesto, lo difícil que es convencer a fuerzas políticas encontradas, contestatarias, revanchistas y cada una llevando agua a su molino. Da pena decirlo, pero además mienten descaradamente y hasta se engañan ellos mismos cuando le dan respiración al paciente solo para que pase la noche.

Y esto que no hemos tocado el problema de las pensiones, donde claramente subyace el desafío financiero más formidable que, quiérase o no, debemos enfrentar como país. El costo de posponer esta decisión no lo diluye la emisión de bonos “basura”, más bien lo incrementa. Si a nuestros dirigentes les queda un poco de decencia, los inquieta el futuro de sus propios descendientes y sobre todo valoran el significado de haber nacido en esta tierra, deberían de mandar al infierno todas las majaderías que están llevándonos al desastre. Esto incluye a tirios y troyanos. Ah, y no se olviden del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

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PD. Ecuador, otro candil que se apaga.

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