Resulta inaplazable un cambio constructivo en el tratamiento político de los problemas principales del país

El Gobierno tiene crisis de fondeo, disfrazada en un Presupuesto General desfinanciado y desfigurado de inicio. Eso es lo que hay que enfrentar, buscando salidas de financiamiento que no se vuelvan remedios peores que la enfermedad.
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Están ahora mismo sobre el tapete de la discusión política y de las expectativas ciudadanas dos cuestiones sumamente delicadas, que presentan aristas y desafíos muy diferentes, y a los cuales hay que prestarles la debida atención conforme a sus respectivas naturalezas. Una de esas cuestiones es el del tratamiento extraordinario de la gravísima situación de inseguridad que vivimos y la otra es la iniciativa gubernamental, ampliamente cuestionada, de hacer una reforma de pensiones que tal como se plantea está mucho más motivada por las necesidades de caja de la administración pública que por el interés de reorientar técnicamente el sistema previsional del país.

En lo que se refiere al tratamiento extraordinario que requiere la situación de inseguridad que se ha venido agravando constantemente, el mismo estado de cosas que se padece ha hecho que haya algunos acercamientos entre fuerzas partidarias sistemáticamente enfrentadas; sin embargo, en la más reciente sesión legislativa no se logró aprobar el financiamiento básico para darles sustento a las medidas que se están aplicando en el terreno. Como se trata de decisión por mayoría calificada, el voto de ARENA es indispensable para constituir dicha mayoría, y el punto de desacuerdo estuvo en el establecimiento de un grupo plural para vigilar la inversión de los recursos. Lo que se hubiera hecho desde el comienzo, ya que no parecía haber discrepancia de fondo sobre la constitución del grupo, era sentarse a negociar la configuración de dicho grupo, para salir cuanto antes del impasse. Esta experiencia tan concreta vuelve a hacer patente que lo que se está necesitando en principio es definir una mecánica de entendimientos básicos entre los que tienen que tomar las decisiones principales, que son los partidos mayoritarios.

En lo tocante a la otra cuestión, la de la reforma de pensiones propuesta, la situación es bastante más complicada, porque aquí lo que está ocurriendo es que la angustia financiera del Gobierno le ha impulsado a hacer una propuesta que toca un componente estructural, como es el sistema de pensiones, para agenciarse fondos inmediatos, sabiendo que las consecuencias permanentes serían muy perniciosas para el sistema y para los legítimos destinatarios del mismo. Un tema como este no puede ser tratado a la ligera en ningún caso ni bajo ningún pretexto. Lo que habría que hacer es sincerar tanto las necesidades como los enfoques de las mismas. El Gobierno tiene crisis de fondeo, disfrazada en un Presupuesto General desfinanciado y desfigurado de inicio. Eso es lo que hay que enfrentar, buscando salidas de financiamiento que no se vuelvan remedios peores que la enfermedad.

Hemos hablado antes de sinceración, y ese es justamente uno de los imperativos que el fenómeno real más enfatiza en la actual coyuntura que vivimos. Hay que sincerarlo todo, y no sólo como un deber de transparencia sino también, y de manera muy determinante, como un requisito de efectividad. Tanto las actitudes como las voluntades tienen que ser claramente identificables, para saber con qué se cuenta en la ruta de búsqueda de soluciones aplicables a la complicadísima problemática en que estamos inmersos.

Dichas soluciones, que se vuelven cada día más urgentes en todos los campos del quehacer nacional, tienen que pasar por el tamiz de la racionalidad, y esta no responde a ideologías ni a intereses parcializados: funciona como el combustible de la dinámica sana y progresista.

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