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Retorno de un País al Revés (y III)

Había una vez un país que desde sus orígenes o con el transcurrir del tiempo adquirió el hábito de caminar al revés.
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Muchas de las personas naturales y jurídicas, así como los diferentes gobiernos, no han sido responsables en sus funciones, puesto que han hecho todo lo posible por que el país no alcance los niveles necesarios de crecimiento y desarrollo para generar empleo decente y calidad de vida a la mayoría de sus habitantes.

Que es un país al revés, está a la vista. Cada día hay más carros por metro cuadrado en la zona metropolitana y sin importar el costo del combustible, puesto que un joven está realizado con un carro y un celular, y los peatones cruzan las calles masivamente, mientras las aceras y las pasarelas se han vuelto negocios ambulantes. País con un ingreso per cápita anual muy bajo y una desigual distribución del mismo, pero en el cual un solo individuo puede comprometer, en un solo día, en la compra de un vehículo, ese ingreso promedio por habitante. En algunas familias todos sus miembros poseen un carro, lo que contribuye a incrementar la densidad vehicular y hay embotellamientos y colisiones por doquier. Hay que salir una hora antes para llegar a tiempo en una distancia de menos de diez kilómetros.

Planes van, planes vienen y en el aire se detienen, las nubes dirán algunos, gobiernos dirán certeramente la mayoría; si de los diferentes partidos que han existido sin agregar progreso. El engaño al prójimo se ha vuelto un oficio que llega a su máxima expresión cuando algunos políticos o médicos ejercitan su talento. Existen otros violadores de las leyes que no van presos, puesto que tienen las llaves de las cárceles. Todo es posible en el país en el cual el profesional gana menos y tributa más, el cachero roba o vende más caro lo que compró ayer o gana mayor cantidad de dinero con poco esfuerzo y evade. Esos guanacos utilizan las aceras de local en el amplio sector informal, con cajones que sirven alternativamente de canastos o de cunas. En esos lugares, el vivo vive del bobo, y el bobo de su trabajo, quien en adición paga impuestos.

Los homicidios se dan al por mayor y al por menor. Acusan a asaltantes y a coroneles en el pasado y en el presente. Maleantes al acecho en las esquinas, esperando el semáforo en rojo para pegar el zarpazo y se conforman a veces con un celular. Muchos salen a buscar trabajo con un cuchillo en la mano. Caminar en el centro de la ciudad es una hazaña y respirar aire puro es una misión imposible. Conduciendo no paga el que pega, sino quien se deja pegar. No existe carril para sobrepasar, se usa izquierda, derecha y diagonal. Las aceras son para las motos.

En las alturas amuralladas con cercos electrificados viven los de mayor ingreso y en el valle y en el barrio viven los “menos favorecidos”. Hay niños que viajan como si fuesen dinero, en autos blindados. Un país cuyos habitantes no saben si van o vienen, si gastan o ahorran al observar los bazares metropolitanos repleto de chucherías importadas. Muchos pueden mirar, pero no tocar. En el estadio de fútbol se venden entradas ya sacadas para ver cómo se pierde. Las pupusas de Olocuilta se venden en cualquier parte. Pareciera que nadie quiere a su prójimo, tampoco a sus herederos, menos a las nuevas generaciones.

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