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Retos para aquéllos a quienes les toque la conducción política a partir de 2019

El buen gobernante siempre es capaz de ser independiente sin ser egocéntrico, porque justamente el egocentrismo es la mejor expresión de la dependencia a los peores impulsos de una psique distorsionada por el autoengaño de la superioridad.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICACada día se acercan más los comicios legislativos y municipales de marzo de 2018, y eso contribuye a que estén cada vez más a la vista las elecciones presidenciales de febrero de 2019; pero en esta oportunidad no sólo es la dinámica del calendario la que se hace sentir, sino que hay componentes estratégicos que ponen una nota muy particular para que las decisiones del electorado en las urnas tengan significados especiales. Al haber en perspectiva una posibilidad de alternancia bastante mayor que la que pudo haberse dado en 2014, la composición de la próxima legislatura adquiere una importancia más relevante. Todo está abierto en lo que toca a los balances de poder, y por ende la viabilidad y la inviabilidad se mantienen en juego como perspectivas que hay que tomar en serio.

Es muy posible que la distribución partidaria de la legislatura por venir no sea muy diferente a la de la legislatura actual; y si así resulta, lo que se tendría que empezar a manejar desde ya es la administración de las voluntades políticas, a fin de avanzar hacia un manejo que no esté dominado por las neuras y por los atrincheramientos sino que admita ingredientes de razón que puedan ir poniendo orden de manera consensuada. Esto va a necesitarlo quienquiera que gobierne desde el Ejecutivo, y con más apremio que nunca, porque los problemas pendientes, sobre todo los más complejos y desafiantes, ya está comprobado hasta la saciedad que no admiten tratamientos unilaterales o sesgados.

Puestas así las cosas, lo que habría que plantearse de inmediato es el núcleo de las cuestiones insoslayables que hay que enfocar y tratar de aquí en adelante. Refirámonos de entrada a cómo debería ser el desempeño del próximo Presidente de la República, sobre todo porque el presidencialismo tiene características tan relevantes en nuestro sistema desde siempre. Dadas las actuales condiciones de la realidad nacional, no resulta difícil identificar algunos puntos cruciales: la actitud, la coherencia, la disciplina, la independencia y la apertura, entre otros.

La actitud desprejuiciada y desapasionada permite reconocer los signos del fenómeno real, para a partir de ahí entrar en disposición de hacer todo lo necesario para que las naturales diferencias que determina el pluralismo social y político no se vuelvan obstáculos insalvables en la ruta de la evolución, como es la desafortunada tendencia que ha prevalecido con creciente intensidad en el ambiente. El Presidente que asuma en 2019 tendría que ser una persona con el suficiente equilibrio emocional e ideológico para ser el impulsor de los entendimientos que sustenten y garanticen la gobernabilidad.

Una buena actitud siempre se vuelve gestora de coherencia; y aquí cuando hablamos de coherencia nos estamos refiriendo, en primer término, a la capacidad de entender y de promover de manera constructiva los vínculos que existen dentro del fenómeno real, para así lograr la interacción de las similitudes y el procesamiento de las diferencias. De ahí que el proceder coherente exija disciplina, tanto del carácter como de la voluntad. El Presidente que se haga cargo de la conducción en junio de 2019, si quiere que su gestión funcione a la altura de las circunstancias, tendrá que demostrar, desde el primer día, habilidad de análisis, serenidad de juicio, capacidad de planificación y fertilidad de ejecución.

Nada de esto podría consolidarse en conductas efectivas si no hay independencia de criterio y libertad de compromiso. El buen gobernante siempre es capaz de ser independiente sin ser egocéntrico, porque justamente el egocentrismo es la mejor expresión de la dependencia a los peores impulsos de una psique distorsionada por el autoengaño de la superioridad. Cuando existe esta última tendencia lo que ocurre en la mente del afectado es que se van cerrando todas las ventanas de la percepción, hasta caer en una especie de autismo de pronóstico reservado. El poder mal enfocado y mal ejercido es el principal detonador de tales deformaciones disfuncionales. Y esto puede presentarse en cualquier lugar, pues hasta en las zonas más desarrolladas materialmente siguen circulando psiques rudimentarias al máximo.

Esperamos que las experiencias electorales que se avecinan sean de buen pronóstico y especialmente de buen resultado. Nuestra democracia necesita madurez en acción, y son las personas individualizadas para labores tan decisivas para la sana gobernación las que deben dar el ejemplo. Hay que seguir la pista de todo esto en el día a día.

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