Revitalizar la economía nacional implica más incentivos y más formalización

Sin una economía fuerte, dinámica, innovadora y estable no es realísticamente factible esperar que el progreso se haga presente de manera sostenida en los distintos ámbitos de nuestra complicada realidad.

Enlace copiado
Enlace copiado

Nuestro proceso económico nacional viene moviéndose a bandazos y a tropezones prácticamente desde que se instaló la posguerra luego del fin del conflicto bélico interno. Hubo allá entre 1992 y 1995 un promisorio repunte de vitalidad económica por efecto de la sensación liberadora que dejaba la conclusión de la guerra; pero aquello duró bien poco porque se dejó que dicho repunte se quedara en algo espontáneo, sin activar los esfuerzos de diagnóstico y de planificación que hubieran posibilitado darle continuidad al impulso. Desde aquellos momentos en que la improvisación y el descuido comenzaron a hacer de las suyas, la economía nacional no ha podido levantar cabeza, porque no hay proyecto ni hay iniciativas alineadas que provean los insumos orgánicos que garantizan el avance debidamente programado.

Es realmente urgente estructurar y poner en marcha una verdadera política nacional de empleo, que por su propia naturaleza y para garantizar resultados completos y de largo alcance debe contar con la participación integrada de todos los actores que tienen incidencia directa en toda esta temática tan compleja: es decir el actor gubernamental, el actor laboral y el actor empleador privado. Y esto hay que hacerlo así porque el empleo sólo prospera, en cualquier tiempo y lugar, cuando esa cooperación tripartita se mueve en comprobable armonía de propósitos, de planes y de acciones. Desafortunadamente, en nuestro país, pese a la notoria necesidad de ello, faltan ejercicios realistas y suficientes en esa línea. El Gobierno acaba de lanzar una política nacional de empleo, que sigue siendo unilateral, y que por eso muy difícilmente responderá en los hechos.

En el mismo orden, hay que recalcar que es casi imposible que la economía se reactive si la política de incentivos económicos se mantiene raquítica por prejuicios obsoletos y por fijaciones ideológicas. Habría que dejar de creer que los estímulos económicos a la producción son regalías antojadizas, ya que si se dan en forma planificada y responsable actúan como palancas de progreso. Y, por otra parte, un lastre de vieja data como es la persistencia de la informalidad en el trabajo agrega dificultades muy concretas al avance en el desarrollo. En el país, según información proveniente de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), tres de cada cinco ocupados laboralmente están en el sector informal, en las labores independientes o domésticas y en las ocupaciones familiares no remuneradas, todo lo cual da una clara imagen de la inseguridad que se vive en este campo.

Si la situación general del empleo se orienta más que todo a la mera supervivencia en vez de propender a la mejoría real de las condiciones de vida no habrá cómo desactivar las ansias y los apremios de emigración que se han venido volviendo cada vez más fuertes en el seno de nuestra sociedad. Hacer girar esa tendencia hacia lo conveniente para el país debería ser objetivo preponderante de la política nacional en el plano económico, y tanto en lo público como en lo privado tendría que moverse una campaña concientizadora al respecto.

Sin una economía fuerte, dinámica, innovadora y estable no es realísticamente factible esperar que el progreso se haga presente de manera sostenida en los distintos ámbitos de nuestra complicada realidad. Para avanzar de veras hacia ahí, hay que mover en serio todos los consensos indispensables.

Lee también

Comentarios

Newsletter