Revoluciones

Estamos tan cansados de los partidos políticos que a sus afiliados y voceros no los consideramos sino una bola de ineptos. No es una exageración; en El Salvador, el activismo político partidario ha sido finalmente satanizado.

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Y aunque en nuestra vida democrática el principal motor de ese estereotipo haya sido la patética gestión de las cúpulas arenera y efemelenista, así como el destape de casos de corrupción a los que la nación ya se acostumbró, la noción de que los partidos no sirven para nada merece discusión.

Hace un cuarto de siglo, los acuerdos de paz dieron el pistoletazo para una carrera a tres bandas. El Salvador urgía de al menos una de tres posibles revoluciones: la liberal, la democrática o la socialista.

Por democrática me refiero a la instalación de un aparato gubernamental de inspiración civil, comprometido decididamente con la defensa de los derechos humanos, con el respeto a la vida como su centro, abierto a la contraloría ciudadana. En contraposición con los gobiernos sufridos entre 1972 y 1991, estos conceptos eran revolucionarios a priori.

Al mencionar revolución liberal no me refiero al neoliberalismo ni a su agenda económica, sino a la pugna que debió darse al seno de la sociedad civil y de sus instrumentos de poder en pro de la libertad política, del establecimiento de un nuevo equilibrio entre los poderes del Estado, de un nuevo modelo de control constitucional de las leyes. Esa revolución debió incluir en su centro a la meritocracia, que no es sino la coronación del concepto liberal que acepta la igualdad de oportunidades siempre y cuando haya libertad de ser desiguales por méritos.

Al conversar sobre revolución socialista, aún descartadas por lógica historia las desviaciones del marxismo-leninismo, debemos entender que la pretensión de igualdad acompañará a El Salvador durante toda su existencia, y que las nobles aspiraciones de libertad política no sirven de nada si se vive en marginalidad, exclusión y miseria. En otras palabras, en estos 25 años la revolución socialista salvadoreña pudo consistir en convencer a la nación de que, una vez aceptado nuestro sistema económico, igualar las condiciones de partida profesionales es igual de fundamental, además de justo y cristiano.

Desde 1992, se avanzó un poco en cada trecho, pero no por obra de los institutos políticos precisamente. Buena parte de las conquistas democráticas se hicieron incluso pese a ARENA, al FMLN y a sus mayordomos en los otros partidos.

La revolución liberal, que debe obrarse adentro de los partidos políticos sin distinción, apenas está comenzando; ARENA le lleva una ventaja exigua al FMLN. Y la revolución socialista, ergo, el reconocimiento de la igualdad como un deber ser, pasa por sus peores días; la popularidad de un plan gubernamental contra el crimen que tiene clasismo en su ADN lo dice todo. Mas el fracaso de los partidos no significa que la inspiración liberal de uno y socialista del otro hayan dejado de ser los polos de nuestra convivencia democrática.

La discusión sobre nuestro futuro es acerca de cuánta igualdad y cuánta libertad, y esas causas cabrán en otros cuencos en la próxima década, cuando toda la viruta se haya disipado, incluyendo la de los caudillos asexuados sin causa ni bandera.

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