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Riesgo potencial

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Rafael Ernesto Góchez

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La ola de protestas populares es un tsunami mundial. Este fenómeno psicosocial es delicado porque los gobiernos no pueden satisfacer tantas demandas en el corto plazo y las personas que reclaman quieren respuestas rápidas. La imposibilidad de solucionar problemas estructurales de forma exprés puede aumentar el enojo ciudadano con las élites políticas. Esta situación es preocupante debido a que El Salvador sabe lo dolorosa e improductiva que es la violencia política (guerra civil 1980-1992).

El Salvador vive un momento crucial. ¿Por qué? Porque la "bomba social" ya explotó y las cúpulas no lo reconocen. Tres hechos confirman la desintegración y descomposición social: (1) el éxodo (3 de cada 10 compatriotas han emigrado), (2) el peligro que enfrenta la gente diariamente en buses y espacios públicos, y (3) miles de familias se sostienen por medio de negocios ilícitos.

Otra forma de ilustrar que la "bomba social" ya reventó es describiendo la vida cotidiana: (a) numerosos niños sin padres responsables y "educándose" en la calle, (b) la violencia física, psicológica, sexual y verbal altera la civilidad, (c) el crimen domina incontables comunidades y (d) un alto porcentaje de comerciantes pagando "renta" (extorsión) en todo el país.

Partiendo de esta situación y confiando en la sabiduría ciudadana, la clave está en promover el diálogo entre la sociedad y el gobierno. Seguidamente se plantean cuatro puntos para aprovechar el buen ánimo que actualmente tiene la población y la "luna de miel" del gobierno de turno.

1. Ciclo económico. La recesión amenaza la economía mundial y el endurecimiento de las medidas migratorias hará que el GOES enfrente una mayor demanda social. Lo crítico es que la demagogia dominará la agenda nacional de cara a las elecciones de 2021. El riesgo es, entonces, que suba la presión social y los gobernantes no tengan capacidad de respuesta.

2. Odio entre salvadoreños. Esta estratagema se ha utilizado para alcanzar el poder y le ha hecho mucho daño al país. El riesgo es que el odio se use para generar protestas descarriadas. La incógnita es si los salvadoreños seguirán actuando con madurez (dos alternancias en la Presidencia de la República en 2009 y 2019) y confiando en el sistema republicano.

3. Fragilidad institucional. La lucha contra la corrupción e impunidad es una tarea difícil pero viable en el actual marco institucional. En cambio, cuando una sola fuerza política controla todos los poderes esa tarea es inviable y los derechos ciudadanos se vuelven invisibles. La consigna ciudadana debería ser cumplir y hacer cumplir la Constitución de la República.

4. Gobernar con la sociedad. Los gobernantes no se sientan a hablar con los gobernados y no promueven el diálogo ni la cooperación para superar los principales problemas. Hasta este día, ningún mandatario ha implementado una Agenda de País. Ha prevalecido la lucha por el control del aparato estatal. O sea, el poder sigue concentrándose en pocas manos.

Conclusión: la base de la pirámide social salvadoreña está fracturada (desintegración familiar, deterioro escolar y desorganización comunitaria) y las élites parecieran ignorarlo. El divorcio entre la sociedad y el gobierno sugiere que los salvadoreños pudieran estar "parados sobre un polvorín". El perfil psicosocial del país es un enigma y surge la siguiente hipótesis: es un riesgo potencial que la limitada capacidad gubernamental (estrechez fiscal) sea rebasada por desmedidas protestas populares. De ser así, la anarquía pudiera emerger y conducir a una autarquía.

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  • protestas populares
  • descomposición social
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