Rigidez estructural y mental

La estructura del Presupuesto General de la Nación es rígida. La rigidez no es únicamente estructural, es mental. Pensamos que, haciendo y gastando (a grosso modo) lo mismo en rubros importantes, podemos tener resultados diferentes. Parte del erario público es malgastado, es una realidad. Asimismo, numerosas contrataciones no tienen mucho que ver con competencia, idoneidad e incluso necesidad. Pero justificar los resultados y atribuir la responsabilidad única a “la manera de gastar” del gobierno es simplista.

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Es importante hacerse las preguntas siguientes: ¿Cuánto gastamos? ¿A qué aspiramos?

¿Aspiramos tener finalmente un Presupuesto General de la Nación capaz de destinar suficientes recursos a áreas como educación y salud públicas, viviendas dignas? ¿Anhelamos una reforma que permita vislumbrar a futuro un desarrollo menos desigual y más inclusivo?

Si queremos un mejor El Salvador, tenemos que invertir en las capacidades de su gente y apostar por una educación pública de calidad y desde temprana edad. Y no es con un presupuesto de $2 (aproximadamente) por niño por día que lo vamos a lograr cuando EUA gasta diariamente $35, Francia $21 y el resto de los países de la OCDE un poco más de $19. Tampoco es eliminando los programas de desarrollo social (dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares, vaso de leche, salud y alimentación escolar; una niña, un niño, una computadora) que cuestan alrededor de $0.25 por día por niño. ¿Nos indigna ver el estado deplorable de algunas escuelas del país y los resultados de la PAES? ¿Queremos mejores resultados y condiciones más aceptables? De acuerdo. ¿Pero estamos realmente dispuestos a asignarle al Ministerio de Educación los recursos necesarios para resolver esos problemas?

Si toda la población en El Salvador empleara el sistema público de salud MINSAL, el gasto que podría ser asignado a cada persona no podría ser mayor a $0.30 diarios (aproximadamente). Por suerte, esta cifra es superior porque “los que pueden” utilizan el sector privado de salud y “los que son formales” tienen acceso al ISSS. Nos indigna darnos cuenta de las condiciones insalubres y lamentables de los hospitales de la red pública, de la falta de medicinas y de insumos médicos, de la falta de tratamientos y de recursos en general. De acuerdo. ¿Pero queremos contribuir más para contrarrestar esa realidad?

Más de 2 millones de personas viven en asentamientos precarios urbanos y en viviendas que no cumplen con estándares de calidad y de dignidad. A lo largo de los años, observamos ese déficit cualitativo tan desgarrador. Se necesitan subsidios del Estado para poder transformar esas comunidades concediéndoles viviendas dignas y salubres (con acceso a los servicios básicos) porque gran parte de las personas que las habitan no pueden suscribir a un crédito bancario. ¿Estamos dispuestos a hacerlo o pensamos que organizaciones tales como TECHO, FUNDASAL, HABITAT (que admiro por su grandiosa labor) pueden, a plazo, resolver ese déficit tan grande?

Quejarnos e indignarnos enfocándonos únicamente en responsabilizar al gobierno por su “manera de gastar” no va a cambiar la realidad del país. Lo que sí puede cambiar el país es aspirar a algo diferente. Reestructurar el Presupuesto General de la Nación y las instituciones con una mayor contribución y participación de todos. Teniendo como objetivo la construcción de una sociedad que brinde mejores oportunidades (educativas y laborales) y condiciones de vida más dignas a los salvadoreños.

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