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Rito sagrado

Cuando se hace referencia al término “rito sagrado” siempre se le vincula con las ceremonias religiosas, del tipo que sean. Uno imagina de inmediato que está tratando de comunicarse con la Divinidad, en cualquiera de sus formas posibles. A lo largo de los siglos, los humanos nos hemos acercado a Dios identificándolo según creencias y fórmulas preconcebidas, pero el fin en definitiva es el mismo, por encima de cualquier caracterización.
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Eso será así siempre, porque nunca habrá cómo unificar percepciones e imágenes al respecto. Pero yo me pongo a pensar por un instante, y vengo haciéndolo así desde que tengo conciencia del fenómeno: ¿Sólo son ritos sagrados aquéllos que grafican la relación entre la persona humana y la persona divina?

Y mi propia respuesta se da en esta forma, con las variantes expresivas que se hacen usuales cuando hay una cuestión como la referida: No, los ritos sagrados pueden referirse también a lo estrictamente humano. Y el primero que se nos viene a la mente es el rito de la memoria.

¿Rito sagrado, entonces? ¿Y en qué sentido? En el sentido más íntimo y trascendental que puede haber: como llave maestra que el activarse nos comunica a la vez con lo vivido y con lo desconocido. En ese cruce de caminos siempre se activa una luz que no sabemos cómo surge pero que es infalible: la luz de la existencia, que está en el tiempo y que al mismo tiempo se halla por encima de él. Pongámosle atención a esta dualidad providencial, de cuyo buen funcionamiento dependen en gran medida nuestro presente y nuestro futuro.
 

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