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Roberto Cerritos: Amargando la vida a la diabetes

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Julio Rodríguez

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Lo llamaron por última vez a la dirección del colegio para convencerlo de que ser sacerdote era una gran oportunidad de servirle a Dios, pero su decisión era firme: él no quería ser cura, quería ser médico y casi cincuenta años después su pasión sigue intacta como ese día en que decidió servir de otra forma al Señor, no curando almas, sino enfermedades.

La opción por la medicina la descubrió un día cuando se ofreció como voluntario para ayudar a "Eulalio", el enfermero del colegio. Una epidemia de gripe había postrado a varios alumnos. "Ve a la enfermería, ya te dirán qué hacer" fue la orden. Nunca más volvió a pensar en nada más que ser médico, me cuenta hoy con la ceniza del tiempo en su cabeza y una tradicional guayabera celeste que en una de sus bolsas porta un bolígrafo y unas letras bordadas que revelan su nombre y su especialidad "Dr. Roberto W. Cerritos, Endocrinólogo".

Su especialidad –después de haberse graduado en la Universidad de El Salvador– la estudió en Estados Unidos, donde incluso le insistieron que se quedara a desarrollar su carrera. Nunca aceptó. Regresó al país para impulsar sus conocimientos en ese ámbito y revolucionar el enfoque, el tratamiento y la educación de una enfermedad que afecta actualmente a un poco más de un millón 200 mil de salvadoreños (10.4 % de la población en general): la diabetes.

Fundó la Asociación Salvadoreña de Diabetes (ASADI), hizo gestiones para crear la Unidad de Endocrinología en el Hospital Nacional Rosales y comenzó a promover la educación sobre la enfermedad. "La mejor cura es educar, lo demás son cuidados diarios" sentencia convencido. Enseñar es su mayor pasión.

"ASADI nació para educar sobre diabetes a la gente que la padece y a los médicos que la tratan" e "introdujo el uso de la insulina, que al principio nadie la usaba y ni querían" recuerda los primeros años de trabajo. Con el tiempo una de esas organizaciones internacionales que surtieron de insulina gratis a muchos pacientes lo apoyaron para construir y equipar la Unidad de Endocrinología del Rosales. Una tarea en la que también aportaron empresarios salvadoreños altruistas.

Como todos los días, el doctor Cerritos camina por los pasillos de la unidad rodeado de dos médicos residentes que se están especializando en ser endocrinólogos (Dr. Herson Ávalos y Dr. Norman Flores), a ellos los escuchan media docena de estudiantes de medicina. Revisan los 30 casos de los pacientes ingresados con diferentes dolencias derivadas de la diabetes, atendidos día y noche por un equipo de enfermería que también ha logrado especializarse en la materia, pese a las deficiencias de recursos (materiales e incentivos).

El equipamiento de la unidad costó unos 275 mil dólares –que fueron donados por Novo Nordisk, una empresa farmacéutica de Dinamarca– por medio de ASADI y su funcionamiento en personal, alimentos y medicinas corre por cuenta del hospital; pero aun así no es suficiente, si se toma en cuenta que las estadísticas y el mantenimiento de la atención han cambiado sustancialmente después de 17 años de trabajo (el servicio fue inaugurado en 2001).

El doctor Cerritos cumplirá 50 años de profesión y 52 de docencia (comenzó muy joven a colaborar como instructor en la Facultad de Medicina de la UES). Ahora tiene 74 años y sueños a los que resulta difícil renunciar, como la creación del Instituto Nacional de la Diabetes, pero cada mañana llega puntual al hospital a impartir conocimientos, atender a los pacientes internos y ambulatorios, dar una charla sobre la diabetes y tratar de sanar heridas en los pies, manos o cualquier parte del cuerpo, para aliviar a las personas de escasos recursos; lo cual, aquieta sus almas, algo que nunca quiso hacer siendo sacerdote, pero que, sin duda, también agrada a Dios.

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