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Robo a los recuerdos

Solía vivir en la colonia Libertad, en la avenida Washington. Recuerdo mi número de casa (que no pondré porque allí ya vive alguien más), recuerdo el primer número de teléfono que nos puso ANTEL. Recuerdo la cuadra donde usaban mi bicicleta todas las tardes.
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Donde corría para ir dos casas abajo donde mi vecina y mejor amiga de infancia. Era una calle transitada, donde circulaban la ruta 11 y la 26. Una colonia donde todos nos conocíamos. En Navidad reventábamos cohetes juntos, compartíamos el pavo, el pollo o la gallina. Compartíamos el postre y las recetas. En esa cuadra caminé por 27 años.

Allí conocí por primera vez a un pandillero. Realmente era una pandillera, que me quería quitar un reloj que mi mamá me había regalado y los tenis con los que iba a jugar voleibol en el Palacio de los Deportes.

Me pidió el reloj y los zapatos y yo, en una negociación que hoy creo sería incapaz de hacer, le ofrecí una cora y pagarle el bus.

La mujer joven, grande y mal encarada, se conmovió con mi historia sobre cómo mi mamá me había regalado ese reloj que tenía para mí tanto significado.

Ese recuerdo es también mi parteaguas de cómo empezó todo. Cada día encontrábamos más pandilleros, conocidos por todos.

Pese a ellos, guardo con cariño la cuadra que me llevaba al centro comercial San Luis y la que me llevaba al parque de la Satélite. No podría contar con certeza cuántas veces las recorrí para jugar en el parque con mi bicicleta. Tampoco podría relatar las incontables veces que estuve en la tienda de la esquina opuesta a la escuela Miguel Pinto, esa donde también estudié kínder. Ese mismo lugar donde esta semana mataron a un joven e hirieron a una madre de familia.

Pero este país es tan difícil que amenaza con arrancarte todo, hasta los recuerdos. Ahora esa colonia solo es un recuerdo lejano de convivencia, de armonía, de vecinos conocidos, de Navidades y luces artificiales. Esa zona fue por mucho tiempo mi lugar seguro. Incluso el 10 de octubre de 1986, cuando el terremoto me sacó corriendo de esa casa de la Libertad.

Ahora esa zona se me planta con tres homicidios en lo que va del año. Una zona que de a poco pierde vida y brillo –como tantas otras– y borra con eso los recuerdos de quienes vivimos o viven allí.

Esta misma sensación la hemos compartido con otros grupos de amigos y conocidos, que dejaron sus casas de infancia en Ciudad Credissa, en Prados de Venecia en Soyapango, en la Santa Lucía en Mejicanos. A muchas de ellas ya no se puede regresar.

Y así es más fácil aterrizar en todo lo que este país ha perdido. Sus ciudadanos han perdido convivencia, libertad y esa sensación de seguridad. Y aunque los muertos nos pesan, y las cifras de homicidio nos impactan, esa pérdida ciudadana de territorio es igualmente preocupante, es dolorosa y como es menos evidente, es más difícil de corregir. Qué triste nuestros muertos y la forma en que a diario perdemos el sentido de pertenencia y la paz.

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