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Romero: piezas para un retrato completo

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Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando hace 15 años empecé a investigar sobre la vida y la obra de Óscar Arnulfo Romero Galdámez, no tenía ni idea de lo monumental que era mi desconocimiento, no solo respecto del personaje en cuestión sino sobre esa doctrina a la que Monseñor siguió con fidelidad a lo largo de sus 62 años de existencia. Poco a poco me fui dando cuenta de que a nuestro Arzobispo mártir le habían vuelto a matar las manipulaciones ideológicas y las desfiguraciones históricas, ciertamente, pero también la penosa indolencia de quienes teniendo la obligación de defender su causa desde la perspectiva confesional que iluminó sus pasos terrenales, simplemente le dejaron a merced de otros intereses.

Pero ese Romero incompleto que, por acción o por omisión, pervive en la mente de muchos católicos, sobre todo en su patria, está comenzando a perder terreno, en buena parte gracias a los aportes bibliográficos que se han hecho, primero con ocasión de su emocionante proceso de beatificación, y ahora, con mayor razón, en virtud de la tan esperada canonización de mañana.

Nada más merecido para un hombre tan fiel a Cristo y a su Iglesia que la proclamación de sus virtudes heroicas por parte de quien hace cabeza de la catolicidad cristiana. Y es que zambullirse en los papeles y testimonios que documentan la labor sacerdotal de Monseñor conduce al descubrimiento de un extraordinario hombre de fe, absolutamente persuadido del poder de Dios para mover corazones y transformar vidas.

Por encima de consideraciones periféricas, lo innegable en la figura de Óscar Romero era su condición de creyente entero, indiviso, de una pieza, íntegro, capaz de experimentar los matices propios de ese claroscuro que es la fe cristiana, pero de quien no es posible extraer una sola palabra que no pivote alrededor del mismo centro: el universal llamado de Jesús a seguirle, amarle e imitarle.

Profundizar en el coherente pensamiento de nuestro santo es bastante fácil para quien así lo desee. Aparte de las tres o cuatro biografías serias que existen sobre él –especialmente recomendable es la titulada "Primero Dios", edición de "Edhasa", del historiador italiano Roberto Morozzo della Rocca–, es muy provechoso repasar sus vibrantes homilías –son unas 200 las conservadas de sus tres años como arzobispo–, leer sus cartas pastorales y sus dos diarios –tanto el que llevó durante sus años de formación en Roma como el que grabó cotidianamente entre 1977 y 1980–, ver las entrevistas que ofreció, explorar su abundante correspondencia o ir a los archivos de los artículos que escribió para el semanario "Orientación"; incluso ojear los sermones que dio al servicio de la diócesis de San Miguel o en la secretaría de la Conferencia Episcopal, o cuando ocupó el cargo de auxiliar de San Salvador o estuvo al frente de la sede episcopal en Santiago de María.

Con este océano de fuentes no hay dónde perder la esencia de Monseñor. Solo quien se empecine en tener de él una imagen parcial o una caricatura se perderá el color y la textura de su verdadero retrato; pero más lamentable todavía, se quedará sin posibilidades de obtener esa parte de Óscar Romero que le convendría conocer a fondo.

Porque si algo es cierto respecto de los santos es que no sirven para convertirlos en "supermercados". Ellos no son estantes de los que tomamos lo que nos plazca y dejamos el resto de "artículos" para que se los lleven otros "compradores". En absoluto. A los profetas y a los hombres justos les veneramos porque, de acuerdo con sus convicciones, lucharon por hacer de sí mismos un todo indivisible, en el que cada parte respondía a una sola fuerza motivadora.

En el caso de san Óscar Arnulfo Romero, esa exigencia enteriza le llevó, además, al martirio, don especialísimo del que jamás se sintió merecedor. Sobre ello reflexiona así el cardenal Roger Etchegaray: "Si no se hubiera construido interiormente a lo largo de su vida, ¿hubiese aceptado sacrificarla? Si no hubiera meditado asiduamente la pasión de Cristo, sin tanta y tan intensa oración ante el crucificado, ¿hubiera permanecido en su lugar hasta el final?"

Mañana, pues, es día de fiesta para la Iglesia y para El Salvador. Nuestro santo será ejemplo para el orbe cristiano, y nosotros, aquí en su tierra natal, tendremos un motivo más para tratar –al menos tratar– de ser un poquito mejores.

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  • Óscar Arnulfo Romero y Galdámez
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