Roque Dalton + Alejandro Rivas M. = novela maravillosa

Me la regaló por casualidad un buen amigo, sin decirme de qué se trataba, porque no la había leído. Creo se la había enviado gratis la editora, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) de la Secretaría de Cultura de la Presidencia.
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Apenas la terminé, corrí a llamar a varios amigos cuya devoción por la lectura me es familiar. Ninguno había oído hablar de ella. Se las recomendé con agitado entusiasmo. Uno mandó a buscarla en la DPI, donde dijeron que estaba agotada. La rastreó por las mejores librerías hasta dar con ella en la de una Universidad; al finalizarla, me agradeció porque dijo que le había encantado. Los demás a quienes la ensalcé, no pudieron encontrarla. A cuanta persona culta le pregunto si la conoce, responde que no.

Intriga este anonimato de una obra de calidad literaria y valor histórico extraordinarios. Se publicó en 1,000 ejemplares, que para un país letrado sería bagatela, pero en El Salvador, cuya principal enfermedad es la no afección (peor que una infección), a la lectura, es cifra considerable.

Sin embargo, ese alto tiraje más pareciera un desliz o un inusitado gesto de independencia por parte de algún funcionario menor, porque el libro no puede generar simpatía alguna en la camarilla, la nomenklatura (des)gobernante. Esta no habría permitido su aparición u ordenaría (¿será eso lo sucedido?) su incautación.

De primas a primeras, apenas al inicio, trata rudamente al becerro de oro, el baal, de la izquierda vétero marxista, Schafik Hándal, a quien nomina con mal celado desprecio, “el Turco Cipriano”, que, según el relato, antes de ser conquistado para el Partido Comunista por el maestro José Celestino Castro, era propietario y gestor, en pareja con una prostituta, de un prostíbulo-chupadero no de mala sino pésima muerte, en el bohemio barrio Santa Anita de San Salvador.

Por bastantes páginas no comprendí la estructura de la novela. Alguien narraba en primera persona hechos ignotos, como que entre él y Manlio Argueta, el tan bien parecido director de la Biblioteca Nacional, capturaron encañonándolo con sendas pistolas, a un poeta miembro, como ellos, del PCS, para llevarlo a un lugar solitario, donde otro camarada, por cuestiones de faldas, lo mató a patadas y golpes. Ambos, dice el narrador, tenían entrenamiento militar: él en Cuba y Manlio en la URSS, donde obtuvo un alto grado militar.

Da cuenta además de hechos conocidos tergiversándolos totalmente y en algunos, la caída del presidente Lemus, atribuyéndole decisiva participación al Partido, que a la sazón era un grupito sin fuerza. Esa lucha la libraron y vencieron los estudiantes universitarios.

De esa parte en adelante caí en cuenta que la exposición era de Roque Dalton, alternando las suyas con otras de Alejandro Rivas Mira, el legendario fundador del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), quien ordenó asesinarlo, comisionando el crimen a Joaquín Villalobos y Jorge Meléndez, actual director de Protección Civil.

La pieza, llamada “Roquiana” es una maravilla literaria e histórica, con una plétora de datos que el escritor David Hernández tardó 25 años en reunir.

Como en toda gran novela, no podía faltar un gran romance. Lo protagonizan, al final, Roque y Lil Milagro Ramírez, la inteligente, preciosa, guerrillera, que Hernández describe a la perfección en lo físico e intelectual, incluyendo algunos de sus tiernos poemas. Quienes la conocimos de cerca vemos su retrato trazado fotográficamente por la mágica pluma de Hernández.

Si, Dios quiera que no, la neo oligarquía dominante ha logrado censurar la circulación, Roque habrá sido asesinado por segunda vez.

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